Bonsoir, París

Por Natalia Martín.

Al llegar a París me encontré caminando entre un montón de “¿Vous êtes perdu, madmoiselle?” de árabes y moros, vecinos de mi mala decisión de hostal. “Sí, je suis perdu”, hasta que encontré el St. Christopher’s Inn Backpacker’s Hostel. Llegué al hostal, dejé mis cosas en el locker del sótano y fui a ducharme para salir al encuentro con Alexandre Cherreau, el chico con el que había quedado a través de CouchSurfing, una página internacional de viajeros que te permite encontrarte con residentes de las ciudades para que te la muestren e incluso puedes dormir en sus sofás. Read More…

#EstamosViendo: La caminata más larga

Hace siete años el estudiante alemán Cristoph Reahage comenzó el ambicioso proyecto “La caminata más larga”, en él Reahage intentaría caminar desde China, donde se encontraba estudiando en ese momento hasta su natal alemania.

La caminata más larga comenzó el 09 de noviembre de 2007 y se interrumpió en octubre de 2008, después de recorrer 4648 kilómetros. Las complicadas situaciones climáticas y problemas personales obligaron a Cristoph Reahage a terminar su viaje mucho antes de la meta establecida.

A pesar de regresar a su hogar en avión, Reahage resumió su experiencia de recorrer casi todo el territorio chino caminando a través de miles de selfies reunidas en este video.

Caos salvado

El Papa aterrizó en Brasil para tantear, canchero, con su franqueza argentina, una ciudad que recibirá pronto un Mundial de Futbol y las Olimpiadas. Nadie más que el jerarca de la Iglesia Católica para medir el peso de las cruces. Puedes disfrutar esta crónica en nuestra edición 22.

Por Ezequiel Abdala – @EAA17

No más salir el Papa del aeropuerto, en las calles de Río se vivió un episodio profético. En la avenida más importante de la ciudad, la Presidente Vargas, el Fíat Idea gris en el que se transportaba Francisco quedó atrapado entre el tráfico y la multitud. Un giro equivocado del conductor, que se metió por el canal de los autobuses, dejó al Papa expuesto. La “galera”, eufórica, se echó sobre pequeño auto sin blindaje, modestamente protegido por una improvisada cadeneta de ocho guardaespaldas, que resultó
insuficiente.

Conforme pasaba el tiempo, la multitud crecía y se acercaba más. Algunos lograban, incluso, meter las manos dentro del auto, que iba con los vidrios abajo. Los guardaespaldas sufrían, el tráfico empeoraba y la avenida parecía interminable. En los medios, los calificativos subían de tono. “Incompetentes” se escuchaba por lo bajito. Mientras, dentro del auto, la tranquilidad del Papa, que sonreía y bendecía, contrastaba con la histeria de afuera.

Esos 12 minutos de atascos, largos y angustiantes, fueron la postal perfecta para resumir su paso por Brasil: caos, franqueza y desafíos.

CAOS

Río de Janeiro se hace llamar “Ciudad Maravillosa”, pero no pasa de ser una ciudad con algunas maravillas. Sus pretensiones de primer mundo comienzan y terminan en la bahía. Adentro, Río es otra cosa. Un mosaico de disparidades con muchos indigentes, edificios sesentones, alguna gran reminiscencia imperial en forma de palacio o templo y muchos comercios sin marca. Las favelas, tan o más grandes que las de Caracas, asentadas sobre los morros, son la corona del reino de diferencias.

Junto con el Papa, llegó a Río el invierno. Usualmente cálido y suave —entre 20 y 25°C—, esta vez fue gélido y húmedo. Una ola de frío sureño llevó las temperaturas al mínimo histórico de los 11°C. Del amanecer al anochecer todo era gris. Una lluvia fina, que no llegaba a tormenta pero tampoco escampaba, volvía millonarios a los vendedores de impermeables y paraguas; mientras el Cristo Corcovado se convertía en una leyenda de la que una luz potente, que brillaba de noche en medio de las nubes, daba algún indicio de veracidad.

Junto con el Papa, también llegó una riada de peregrinos para la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). De 600.000 en la misa de apertura, con el Arzobispo de Río, pasaron a 3,7 millones en la misa de cierre con Francisco. Esta última cifra, dada por la Alcaldía y los organizadores, aunque luce abultada —cálculos más conservadores hablan de entre 3 y 3,5 millones, y hay, incluso, quien lo baja a solo millón y medio—, sirve para hacerse una idea de lo que había en Río: una multitud.

Con el Mundial en vísperas y las Olimpiadas en el horizonte, el prestigio de la ciudad pasaba por la JMJ. Las famosas protestas de junio sirvieron de excusa para tapar los problemas logísticos de la Confederaciones.

“Río pasa vergüenza” fue el gran titular con el que Extra, el matutino popular de la cadena Globo, dictó sentencia el 25 de julio. “Con metro y trenes colapsados, y sin autobuses, los fieles del mundo enfrentan el sofoco que el carioca vive a diario”, condenaron en el sumario. La gráfica, que mostraba un tumulto en la entrada de la estación San Cristóbal, bien hubiera podido haber sido tomada la noche anterior o la siguiente, porque así fue Río esa semana: una fila infinita de gente empapada que quería y no podía volver a sus hogares.

FRANQUEZA

Con apenas cinco meses, es riesgoso establecer el perfil de Francisco, pero las maneras mostradas en Brasil apuntan que será un papa para imitar. Aunque simpático, de rostro afable, sonrisa fotogénica y sintonía con la masa, no tiene el manejo escénico del actor Wotyla. Tampoco la mente esclarecida del teólogo Ratzinger. Se da más bien un aire a Juan XXIII, “il Papa buono”.

Franqueza es la palabra por la que pasa toda descripción. En Brasil, una serie de gestos efectistas —mas no por ello menos genuinos— fueron la delicia de prensa y pueblo, que cayeron rendidos. Desde el vuelo en un avión comercial de Alitalia, hasta la visita a pie a Varguinha, la favela más peligrosa de Río, pasando por el Fíat de $19.300 con el que se transportaba o el modesto cuarto donde dormía. Todo eso caló hondo en un país en el que la opinión pública está hipersensible, casi de a toque, con la corrupción de su
clase política.

“Sólo el Papa salva”, exclamó el 27 de julio en un provocador titular a ocho columnas O Globo, uno de los diarios más influyentes —si no el más— de Brasil. Se referían a cómo, en medio del caos logístico, el Papa rescataba la JMJ del desastre. “El uso de discursos populares, la proximidad con los fieles y la simpatía del Pontífice argentino conquistan a los brasileros”, resumían en el diario sus virtudes.

Por discursos populares se referían a sus sencillas intervenciones. Siguiendo la tradición homilética jesuita —en ella fue formado— de discursos breves y con tres imágenes, y aderezándolos con argentinismos, Francisco dejó expresiones inéditas, por lo menos para un papa. “Esta civilización se pasó de rosca”, “sé que no quieren vivir la ilusión de una libertad chirle”, “no balconeen la vida”, “hagan lío en las diócesis”, “pateen adelante”, “sean callejeros de la fe” fueron algunas de ellas, pronunciadas todas en perfecto castellano porteño para martirio de los traductores y deleite de sus escuchas.

DESAFÍOS

A la sombra de Francisco estuvo durante toda la JMJ el Secretario de Estado, Tarcisio Cardenal Bertone. Fue el segundo en bajar del avión papal, lo que demuestra, más allá del protocolo, cuán cerca tiene Francisco los problemas. Con casi 80 años, Bertone es probablemente el personaje más polémico del Vaticano. Fanático de la Juventus en el fútbol, en la vida real no se sabe nunca en qué equipo juega, solo que siempre gana.

Desde que en 2006 Benedicto XVI lo hiciera Secretario de Estado —es decir, número dos de El Vaticano—, Bertone se convirtió en factor de discordia y piedra de tranca. Fue durante ese período que al Papa le robaron documentos y cartas personales, que se publicaron los Vatileaks y quedó descubierto el caos administrativo y la infinidad de rencillas personales que hay en el gobierno de El Vaticano —la Curia Romana— cuyo funcionario más importante es Bertone.

Los primeros meses han sido de consulta. Francisco creó una comisión de consejeros, compuesta por ocho cardenales expertos. También, desde la sombra, Benedicto XVI ajustó cuentas y le entregó al Papa una caja llena de folios y dos cartas; en ellas están los documentos, actas y conclusiones de una investigación sobre la curia que mandó a hacer antes de renunciar.

Ese es el reto de Francisco, para eso fue electo. De la prueba de Río salió liso. A punta de carisma hizo el milagro de salvar la JMJ del caos. En Roma lo espera otro caos, aún mayor. Acaba de anunciar al sustituto de Bertone: monseñor Pietro Parolin, quien se desempeñaba como Nuncio Apostólico en Venezuela. A Francisco, como en la Presidente Vargas, una multitud de problemas se le viene encima. ¿Podrá salir de ellos, también, espléndido y franco?

Sobrevivir la ruta al Paraíso

El Paují es acogedor en amaneceres rosados y verdes omnipresentes. Pero esa visión idílica se enfrenta con las necesidades del cuerpo y las penurias del viaje: así es un viaje a la Gran Sabana con transporte, comida y techo limitados. Conoce más sobre este viaje en nuestra vigésimo primera edición. Pídela por Twitter o descárgala por nuestra web.

Por Adriana Ovalle

Las conversaciones nocturnas de un fin de semana entre un grupo de amigos terminaron en planes de viajar a El Paují. Sin creer que se concretaría comenzamos a planear. Fecha: Semana Santa. Transporte: autobús. Grupo: Graciela, Ángela y yo. Así es, dos amigas y yo decidimos conocer la Gran Sabana en autobús y temporada alta.

Conseguimos pasaje sobre la fecha de Valencia a Puerto Ordaz para salir el sábado en la tarde. Luego de mil inconvenientes que pusieron en riesgo el viaje, contra cualquier pronóstico logramos llegar al terminal sorprendentemente puntuales. Allí nos encontramos con otro problema: habían sobrevendido el autobús.

El terminal parecía lleno de una jauría de perros luchando por un pedazo de comida, en este caso, un puesto. Ser de baja estatura y contextura delgada fue útil para escabullirme en la unidad mientras mi equipo luchaba la tercera guerra mundial por meter nuestros bolsos en la maleta. Unos cuantos morados —y horas— después, lo logramos.

Puerto Ordaz nos recibió con una estación forrada en papeles que anunciaban: “No hay pasajes para hoy”. Justo cuando ya nos habíamos mentalizado a que nos íbamos a quedar un día ahí, se nos acerca un muchacho desconocido preguntando nuestro destino. “Santa Elena”, dijimos al unísono, desanimadas y sin siquiera verle la cara. “Tengo dos pasajes para allá que no usaré, ¿los quieren?”. Ninguna daba crédito a lo que escuchaban nuestros oídos. Se los compramos antes de que se arrepintiera y apelamos a nuestros mejores recursos de persuasión para conseguir el tercer boleto con la línea de autobuses. Esa noche dejamos Puerto Ordaz y el lunes por la mañana le decíamos “hola” a Santa Elena de Uairén.

Nos fuimos directo a la parada de jeeps comunales que usan los locales para ir a distintos puntos en la Gran Sabana y, bajo un sol y calor inclementes, nos informaron que el próximo salía a las dos de las tarde.

A las cuatro terminó el viaje de ida. Montamos el campamento y fuimos a conocer un poco el pueblo. Después de encantarnos con el desconectado estilo de vida, pedimos con urgencia una ducha. Para el momento en que llegó mi turno, había oscurecido. Nada mejor que una ducha helada a la intemperie en la que tienes que sostener con tu boca una linterna mientras te bañas para alumbrar el suelo en busca de culebras o arañas.

El martes y el miércoles estuvieron llenos de largas caminatas, pozos y cuanta curiosidad viéramos en el camino. Experimentamos cómo es el día a día de este grupo de personas cuyo nivel de integración con la naturaleza sobrepasa cualquier concepto que los citadinos podamos tener del reciclaje. Todo se reúsa, se guarda o se trata de la manera adecuada para ser desechado. La comida tiene que ser de larga duración o para comerse al momento pues a falta de nevera no hay posibilidad de conservar muchos alimentos. No hay puertas que delimiten las casas, hay respeto por el territorio y las cosas ajenas. Un pueblo apicultor cuyo estilo de vida te atrapa y te hace querer quedarte para siempre. Muchos de los habitantes aseguran haber llegado un día como lo hice yo y nunca haber regresado a su ciudad de origen.

El jueves en la mañana mientras nos preparábamos para disfrutar la Feria de la Malva —feria local que celebran todos los jueves y viernes Santos—, Graciela nos dice a Ángela y a mí que tenemos que irnos ese día como sea pues después de los contratiempos que tuvimos para llegar, era mejor devolvernos con chance pues tenía un examen importante ese lunes.

Recogimos el campamento con negación y nos fuimos a la entrada del pueblo a pedir cola porque los jeeps no trabajan jueves ni viernes Santo. Después de hablar con cuanto turista pasara, conseguimos una familia que iba a pasear a unos pozos cercanos y quedó en recogernos antes de regresar a Santa Elena. Una vez ahí, buscamos un hostal que nos habían recomendado y pedimos una habitación para las tres. Entre el techo de zinc y el calor de la noche, decidimos pasear hasta que el sueño nos tumbara y así pasar el menor tiempo posible en ese pequeño infierno de paredes rosadas y camas duras.

El viernes en la madrugada nos fuimos al terminal y el pánico se apoderó de nosotras cuando vimos carteles que decían “Cerrado”: el medio de transporte que comunica el pueblo con el resto de la civilización no prestaba servicio ese día.

Nos regresamos al hostal con un presupuesto que solo alcanzaba para los pasajes de regreso y botellas de agua para el camino. Tanteamos la posibilidad de acampar frente a la estación de policía hasta que nos topamos con un italiano que tuvo compasión y nos pagó la segunda noche en el hostal a cambio de aceptarle una invitación a cenar. ¿Comida y techo gratis? Por qué no.

Nuestro viernes se resume en caminatas interminables y hambre insaciable, soñando con la mañana del sábado para regresar.

Luego del día más largo del año nos encontrábamos de nuevo en el terminal comprando pasaje directo a Caracas con salida al mediodía. A solo un día de seguir aguantando hambre.

Pasamos unas cuantas horas tiradas en el piso sin siquiera hablar, en modo ahorro de energía, refugiándonos del sol y usando los bolsos como almohadas. Para ese momento habíamos perdido cualquier vergüenza por el aspecto y la clase.

De la nada se aparece un chamo que habíamos conocido en Puerto Ordaz, hablamos, compró un pasaje y se fue. Media hora más tarde apareció de nuevo con una bolsa de panadería y un desayuno para cada una. Intercambiamos miradas incrédulas y no bastó que insistiera mucho para que aceptáramos el gesto.

Nuestra cara cambió y alivió la espera. Para el momento en que llegó el autobús nos llenamos de una euforia que nadie a nuestro alrededor entendía, menos otro chamo que decidió acompañarnos a esperar por no tener nada mejor que hacer con su día. Al despedirnos de él nos dio una bolsa de regalo llena de palmeritas y picándonos el ojo se despidió diciendo: “Para que lleguen vivas a Caracas”.

Intenté asimilar mi última semana mientras esperaba que arrancara el autobús y justo cuando pensaba que no podía haber caído más bajo, se montó un señor a pedir dinero, quien al vernos se emocionó y nos dijo: “¡Por fin se van! Buen viaje”. Los pasajeros a nuestro alrededor se quedaron inmutados igual que nosotras.

Luego de 22 horas de viaje con una sola parada de 20 minutos llegamos a Caracas. No recuerdo cuándo fue la última vez que dormí tanto pues no estuve más de una hora despierta para evitar el sufrimiento que podía causar mi mala alimentación de esos últimos días.

Con un ligero aire de melancolía por volver a encerrarme en este valle de concreto, lamento dejar El Paují como un paraíso terrenal. Eso sí: déjense de vainas, no lo vuelvo a visitar en autobús.

Y con pésimo francés digo “Bonjour, París”

Por Adriana Ovalle -@adrianaova

Buscando huir del frío de Londres, compro desesperada un pasaje de autobús a París. Sí, de autobús. Hice maletas y me preparé psicológicamente para las casi 9 horas de viaje.

Me despedí de la tierra de Harry Potter con el acostumbrado desayuno insípido que mi estómago aborreció tanto. Una vez en el autobús leo las palabras mágicas: WiFi. Pero era demasiado bueno para ser cierto y nunca pude conectarme así que decidí disfrutar de mi soledad. El viaje transcurre con paisajes que solo pensé vería en películas, siestas cortas, Henry Miller y una bolsa grande de chocolates.

La ciudad de la luz me recibe a las 5pm así que pude comprobar y disfrutar el porqué de su sobrenombre.  Una vez en el terminal mi ritmo cardíaco se acelera, fue la primera vez que pensé en lo impulsivo que fue ese viaje por haberme ido sola y solo sabiendo pronunciar un pobre Bonjour junto a la fama de los franceses de odiar el inglés. I’m fucked, pensé. Con un pequeño ataque de nervios me bajo del autobús y entro al metro. Contemplé por más de 5 minutos la maquina para comprar los tickets sin saber qué hacer y comenzar a odiar la ciudad por no tener la opción de usarlo en inglés o español.

Una chica que viajó conmigo me vio en apuros y se compadeció. Me compró el ticket y me indicó la supuesta dirección del hostal. Era una bailarina italiana que vivía en Francia pero que estaba en Londres por una audición a un video de Rihanna. Todos tienen algo que contar, la cosa es que sea verdad o decidamos escuchar. Como coincidimos en dirección, el viaje en metro estuvo lleno de anécdotas interesantes de su vida. Nos despedimos en Opera, mi supuesto destino. Pasé más de una hora entrando y saliendo del metro buscando la calle correcta hasta que conseguí un mapa de la ciudad que me informó lo que ya me imaginaba: estaba lejos del hostal.

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Estás en Amsterdam

“No sé qué te conviene más. Si ir a Gare du Nord o Gare du Midi”, me dice David, tan alto y español, mientras veía fijamente el mapa del metro de Bruselas. Al cabo de dos segundos me dice que vaya a la estación de Gare du Nord, pues de ahí salían más trenes y seguramente saldría el que me llevaría a Ámsterdam. “Desayunamos y nos vamos ¿vale?”. Vale. A David lo conocí a través de una amiga –también periodista de la Complutense de Madrid- que nos presentó en un México-Argentina del Mundial pasado; sólo nos vimos esa vez pero hay gente que no necesitas ver más para saber que ahí quedó una amistad.

Desayunamos café y torta, y nos fuimos los dos con gorros y sin paraguas para protegernos de la constante y melancólica lluvia que parece ser la banda sonora de Bruselas; nos despedimos en el Metro con un abrazo y un ‘hasta pronto’ improbable porque yo me regresaba a Caracas y él se quedaba en Bruselas. “En Madrid no hay trabajo. Además los belgas están muy buenos, cariño”, nos separamos y yo seguí a Gare du Nord, busqué en los horarios el tren que me llevaría a Ámsterdam, “Excuse me, does this train goes to Amsterdam Central?, y un ‘Yes’ seco de una cincuentona harta de turistas me tranquilizó el camino; decidí viajar sola porque sí, no hay razón, sólo sé que es algo que todo ser debería hacer alguna vez en la vida, lo único malo es el miedo constante a siempre agarrar el tren equivocado y terminar en el Este profundo de la Europa de Vladimir y sus cabras.

Fue un tren de tres horas con varias paradas y ninguna palabra. Escuchaba no me acuerdo qué en el iPod mientras veía los paisajes idílicos que ofrecen los Países Bajos, atestados de bicicletas y flores de colores fuertes cuando me di cuenta de que quedé en encontrarme con mi amiga a las 8 –frente al Starbucks de la Central Satition- y que este tren llegaba a la 1.

Ay.


¿Qué carajo iba a hacer siete horas sola? Hasta ahora solo había estado completamente sola en los trenes pero siempre llegaba a encontrarme o conocer a alguien como pasó en París, como pasó en Bruselas; en lo hostales abarrotados por turistas de todo el mundo siempre hay gente que quiere conocerte y quererte, el problema de Ámsterdam es que llegaba a la casa de una amiga de un amigo, es decir, no hostales, no cariño y un ahora cómo hacemos. “Ticket, please”. Toma mi boleto y deme alguna respuesta, Señor Revisor.

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