GOLWEB

La corta distancia entre recibir una bomba y marcar un gol

Por: Emmanuel Rincón | @emmarincon

El día en que a Neomar Lander le estrellaron una bomba en el pecho tenía 17 años, la misma edad que Samuel Sosa al momento de disparar en Corea el tiro libre que nos llevará a disputar la final de un Mundial de fútbol contra Inglaterra. Como hecho curioso, la distancia entre estos dos acontecimientos no supera las 24 horas. Las emociones causadas por la bomba que estalló en el pecho del primero pueden equipararse a las del gol de Samuel en el minuto 91; aunque, claro está, únicamente en grado de intensidad, porque en cuanto al sentimiento y a la conmoción, naturalmente, hay un contraste enorme.

Minutos después de que Venezuela se supiera finalista de un Mundial de fútbol, una proeza soñada pero inimaginable hasta por el más fanático, el propio técnico de la selección, Rafael Dudamel, lanzó un mensaje: “Por favor, paren ya las armas. Hoy la alegría nos la ha dado un chico de 17 años, y ayer murió otro de 17. Presidente, paremos ya las armas que esos chicos que salen a las calles lo único que quieren es una Venezuela mejor”.

Parece impresionante que las ilusiones de todo un país estén sobre los hombros de niños de 17 años, y digo niños, porque sus cuerpos alargados y delgados todavía muestran esa falta de desarrollo; tanto el de Neomar Lander, que fácilmente pudo haber estado en Corea disputando las semifinales de un mundial, como el de Samuel Sosa, que fácilmente pudo haber estado en las calles de San Cristóbal o de Caracas protestando para pedir un país mejor.

Lo cierto es que en Venezuela del cielo al infierno hay un solo paso. Resulta sumamente difícil no celebrar, no sentirse alegre, agradecido, de que finalmente un grupo de muchachos nos representen a nivel mundial en el deporte rey; que hayan llegado a lo más alto sin perder un solo partido, que demuestren un nivel de intensidad, cooperación, táctica, estrategia y destreza nunca antes visto en otra selección nacional de fútbol; pero del otro lado el infierno arde, y es imposible no sentirse triste y desesperanzado: no por el gobierno que tenemos, porque el gobierno de un momento a otro va a cambiar, sino por la gente que habita nuestra tierra, por los “conciudadanos” con los que debemos compartir, aquellos que llevan las armas, aquellos que no tienen valores, aquellos que le disparan a un Neomar Lander y que fácilmente podrían dispararle a un Samuel Sosa.

Sentirse feliz estando triste, o sentirse triste manejando un estado de euforia se ha convertido en el día a día de los venezolanos, porque inclusive en la guerra, en la tiranía y en la desesperación, tiene que haber espacio para el gozo, porque la sanidad mental es la primera lucha que debe ganarse antes de pasar al campo de batalla: si ella se pierde, no hay forma de hacerle frente al enemigo. El gol de Sosa en Corea, y la bomba puesta en el pecho de Neomar requieren de una enorme precisión y de una gran puntería. La diferencia radica en que mientras el primero ejecutó para brindarle una alegría a treinta millones de personas; el segundo ejecutó para dañar, oscurecer, y ensombrecer la luz de toda una nación.

Que los niños, jóvenes y adolescentes de Venezuela pongan el pecho, la frente, y los pasos para sacar adelante a la nación genera esperanza, y demasiada; pero por favor, no hay que dejarlos solos, no puede dejárseles solos. Así como Peñaranda necesitó de los gritos de un Dudamel en la raya para permitirle a Sosa patear, Neomar, o algún compañero suyo, necesitaba de los gritos de un Capriles o de un Guevara que le indicaran cuáles eran los límites del juego.

Las cientos o miles de veces que vean el video de Samuel pegándole al balón como un Dios, poniéndolo en la escuadra del arco en Daejeon para llevarnos a la final del Mundial, piensen que en su lugar pudo haber estado Neomar; o, peor aún, que en el lugar de Neomar pudo haber estado Samuel.

NEOMARWEB

Un titán que muere

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El heraldo que anuncia la muerte bien podría ser la desesperación que había en los ojos desencajados de esa mujer que aproximadamente a las 4:08 PM pedía con todas sus fuerzas un médico para Neomar Lander en la Francisco de Miranda. Podría ser ese conducir zigzagueante y rápido, vacilante y veloz, esa premura de siglos que llevaba el motorizado que lo trasladaba. O podría ser, tal vez, esa violenta mutación, de bravío encapuchado a niño que llora desconsolado, que en cuestión de segundos experimentó aquel amigo suyo que iba acompañándolo en otra moto. Antes de ver ese cráter feroz que horadaba su cuerpo y por el que se le escapó la vida, antes de que los que allí estábamos nos topáramos de frente con esa opacidad mortecina que ya había adquirido su piel, antes de que nuestros ojos se encontraran con un cadáver destrozado que sencillamente no respondía al infatigable ejercicio resucitador de los paramédicos, ya la muerte, terrible, tremenda y atroz, se nos había revelado.

No la queríamos ver. No la queríamos creer. No la queríamos aceptar. Pero allí estaba: implacable, definitiva, absoluta. Allí estaba, ensañada sobre un cuerpo, más bien cuerpecito, de torso descubierto, pecho despedazado y brazos quemados. Allí estaba sobre Neomar, ese muchacho de brackets, que vestía, infeliz ironía, un short militar con el detalle pavo (y a la vez tan contraproducente para una manifestación, tan desfavorable para guerrear, tan poco recomendable para lo que él hacía, y tan de los diecisiete años que él tenía) de un ruedo veraniego. Allí ella, la muerte, dueña de él, a quien los paramédicos, luchando por arrebatárselo, peleando por devolvérnoslo, le levantaban unas piernas que ya no corrían, le colocaban oxígeno en unos pulmones que ya no respiraban, le amarraban en un brazo inerte un guante de látex para buscarle una vena que no aparecería, y le hacían RCP a un corazón que no latía.

El aire de voces secretas del que escribió Lorca cuando le mataron a Ignacio estuvo allí. Eran plegarias –“¡Sagrado Corazón, cúbrelo!”–, imprecaciones –“¡Ojalá se mueran todos!”–, maldiciones –“¡Maldito gobierno!”– y condenas –“¡Van a pagar!”–; eran ayes que salían de las entrañas, quejidos que brotaban de lo hondo, lamentos provenientes del alma; era la impotencia por una vida que sin ningún sentido se estaba yendo (o ya se había ido, aunque no quisiéramos enterarnos) ante nuestros ojos; dolor tremendo por un muchachito flaco de diecisiete años, brackets y short militar arremangado que debía estar haciendo cualquier cosa menos morirse a nuestros pies con el pecho abierto. Pero lo hacía. Y no había manera de pararlo. No había como detenerlo. No teníamos como evitarlo.

Sólo el autoengaño podía hacer menos fuerte el dolor. Y para engañarse algunos hicieron una cadeneta alrededor suyo para que le entrara aire (como si lo suyo fuera asfixia). Para seguirse engañando, otros agredieron a varios fotógrafos y les exigieron que no tomaran fotos (como si el disparo de la cámara matara). Y para terminar de mentirse, lo montaron en una pick-up y lo mandaron a una clínica (como si viviera).

Sobre ese mismo asfalto que horas antes había recibido miles de pisadas firmes que marchaban por un país mejor; sobre ese asfalto en el que una monja se había parado con una botella de agua bendita a asperger a marchistas y a bendecir con cruces en la frente a quienes se lo pedían; sobre ese asfalto en el que la mujer de un kiosco había salido a darles consejos sobre logística y seguridad a los encapuchados; sobre ese asfalto en el que se escuchaban cantos, consignas y discursos optimistas; sobre ese asfalto lo que quedaba era la sangre derramada de Neomar.

No se disolvieron los siglos en cenizas, como en el viejo ‘Dies Irae’ latino, pero sí se desató la rabia. Cuando se llevaron a Neomar, a lo que fue Neomar, a lo que quedó de Neomar, los que allí estaban estallaron en un relámpago de ira. Piedras y molotov se estrellaron contra el MINFRA, cauchos se encendieron, defensas fueron desprendidas y barricadas se levantaron. Detonaciones secas se comenzaron a escuchar entonces. El rumor de francotiradores que defendían a plomo la sede del edificio oficial se comenzó a esparcir con profusión. Y por un momento pareció que la guerra, la tan vaticinada guerra, ahora sí estaba llegando. Y dio miedo. Fueron minutos grises, largos y confusos, que así como llegaron se fueron, pero dejaron en los huesos el escalofrío de un mal presagio.

Entonces, Miguel Pizarro, que había estado todo el tiempo allí y recibido a Neomar en la avenida, lloró. Tenía tiempo quebrantado, la cara roja y los ojos chinos, pero en ese momento se quebró. El mismo hombre que horas atrás había hablado del país que seríamos, que decía que ya no habría familias separadas, que no creyéramos que iba a ser imposible, lloraba a Neomar al lado de un encapuchado que fumaba compulsivamente e intentaba, las manos temblorosas, hacer una llamada. El recio Miguel Pizarro, el que se le planta sin chaleco ni casco a la GNB y aguanta bombas tapándose la nariz apenas con el brazo, estaba sentado en una isla gimiendo. “Nada más triste que un titán que llora” escribió Rubén Darío. Y no le faltó razón. Lo que le faltó fue ver morir a sus pies, con apenas 17 años y un cráter en el pecho, a un titán que luchaba contra una dictadura.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

Cruz Roja

¿Debe intervenir la cruz roja en Venezuela?

Por: Edwins Borges | @EdwinsBorges

En Venezuela, los sucesos y protestas de los últimos 60 días han dejado un saldo de más de 60 muertos y 3000 heridos según cifras oficiales. En estas protestas han surgido varios grupos asistenciales, como los Cruz Verdes y los Cruz Azules, lo que ha llevado a muchos a preguntarse si la Cruz Roja debería o no intervenir. A continuación, daremos respuesta a estas interrogantes.

En el mundo existe el Movimiento Internacional de la Cruz Roja. que esta compuesto por el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), La Federación Internacional de Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y Media Luna Roja y las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y Media Luna Roja de 190 países. Veamos, citando la información que publica en el sitio web oficial del Movimiento, su propia explicación sobre su misión:

Cometido y misión del CICR

La acción del CICR se funda en los Convenios de Ginebra de 1949 y sus Protocolos adicionales, así como en los Estatutos de la Institución –y los del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja– y las resoluciones de la Conferencia Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. El CICR es una organización independiente y neutral que se esfuerza por prestar protección y asistencia humanitarias a las víctimas de los conflictos armados y de otras situaciones de violencia. Toma medidas para responder a las emergencias y promueve, al mismo tiempo, el respeto del derecho internacional humanitario y su aplicación en la legislación nacional.

El Movimiento, que cuenta con unos 97 millones de voluntarios, colaboradores y personal empleado en 190 países, está compuesto por:

  • el Comité Internacional de la Cruz Roja,

  • la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, y

  • las 190 Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.

Tomando en cuenta la información expuesta anteriormente, podemos comprender en primer lugar que tanto el CICR como la Cruz Roja Venezolana (Sociedad Nacional) por sus principios de imparcialidad no pueden tomar ninguna reacción frente a los sucesos de los últimos días. Además, al no ser un conflicto armado, sino una serie de manifestaciones en contra del gobierno, no esta dentro del campo de acción en el que el CICR interviene. Sin embargo, la Cruz Roja Venezolana a través de declaraciones de su Presidente, el Dr. Mario Villarroel ha dejado claro que ha atendido distintos heridos en las manifestaciones.

En relación al campo de acción del CICR:

“En situaciones de conflicto armado, el CICR se ocupa de dirigir y coordinar las actividades internacionales de socorro del Movimiento. Además, promueve la difusión del derecho internacional humanitario y de los principios humanitarios universales. Al ser garante de los Convenios de Ginebra, el derecho internacional confiere al CICR el mandato permanente de visitar prisiones, organizar operaciones de socorro, reunir a familias separadas y emprender otras actividades humanitarias durante los conflictos armados.

El CICR también trabaja para cubrir las necesidades de desplazados internos, sensibilizar a la opinión pública sobre el peligro de las minas terrestres y los residuos explosivos de guerra, y de buscar a personas desaparecidas en conflictos armados”.

Siguiendo esta idea, en Venezuela no existe el escenario para que el CICR pueda ejercer su autoridad como garante del Derecho Internacional Humanitario, porque, a pesar de que sí existe una situación de tensión, este no ha escalado a niveles de conflicto armado y se ha mantenido en un nivel de manifestaciones y represión.

Ahora veamos el plano de acción de Federacion Internacional de la Cruz Roja:

La Federación Internacional es una organización humanitaria mundial que coordina y dirige la asistencia internacional en casos de desastre natural o causado por el ser humano en situaciones ajenas a conflictos armados. Su misión es mejorar la vida de las personas vulnerables movilizando el poder de la humanidad.

La Federación Internacional colabora con las Sociedades Nacionales para intervenir en caso de catástrofes en cualquier parte del mundo. Sus operaciones de socorro se combinan con actividades de desarrollo que abarcan programas de preparación para desastres, actividades de salud y asistencia, así como la promoción de valores humanitarios.

La Federación Internacional apoya programas de reducción del riesgo y lucha contra la propagación de enfermedades como el VIH/SIDA, la tuberculosis, la gripe aviar y la malaria. Además, actúa por combatir la discriminación y la violencia, y promueve la defensa de los derechos humanos y la asistencia a los migrantes.

Todas estas actividades forman parte de Agenda Global de la Federación Internacional cuyos objetivos son:

  • Reducir el número de muertes, heridas y daños causados por los desastres.
  • Reducir el número de muertes, dolencias y perjuicios relacionados con enfermedades y emergencias de salud pública.
  • Aumentar la capacidad de las comunidades locales, la sociedad civil y la Cruz Roja y la Media Luna Roja para abordar las situaciones de vulnerabilidad más urgentes.
  • Promover el respeto a la diversidad y la dignidad humana y reducir la intolerancia, la discriminación y la exclusión social.

Las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja encarnan la labor y los principios del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja en 190 países. Las Sociedades Nacionales actúan como auxiliares de los poderes públicos de sus propios países en el campo humanitario y ofrecen una serie de servicios, entre los que se incluyen el socorro en casos de desastre y los programas sanitarios y sociales. En tiempos de guerra, las Sociedades Nacionales ayudan a la población civil afectada y brindan apoyo a los servicios médicos del ejército cuando la situación lo requiere.

En este caso, las criticas y denuncias que ha recibido por distintos medios  la Cruz Roja Venezolana a través de redes sociales no tienen ningún fundamento ni base, debido a que esta no estipula en su acción que debe tomar parte en la situación del país. No podemos emitir juicio contra un organismo que no puede ejercer acción alguna dentro de la situación de tensión. Es cierto que la situación del país requiere de apoyo, sin embargo, debe venir de los organismos que tienen el deber de hacerlo.

FUTBOLISTAWEB

“Quiero ser futbolista”

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

Puede que el fútbol nos haya gustado desde siempre, para qué vamos a mentir. No hubo álbum de Mundial que no comprásemos ni final de Champions en la que no estuviésemos sentados frente al televisor. Hasta goles de Brasil gritamos con la verde-amarela tatuada en la piel. Nos gustaba, nos divertía e incluso era motivo de celebración. Lo que realmente nos inflaba el pecho, no obstante, era una jugada de Aparicio o un jonrón de Andrés Galarraga. El orgullo patrio, ese sentimiento que en el deporte cobra un plus especial, tenía forma de batazo o atrapada. En fútbol, Venezuela era una película de Disney. Una Cenicienta en busca del zapato que le ayudara a hacer más goles que el rival, un anhelo con pinta de utopía. En la memoria colectiva, la Vinotinto estaba emparentada con la vergüenza, la derrota y el olvido. La historia fue así hasta que a un médico traumatólogo le dieron la oportunidad de expresar, como entrenador de la selección nacional, una convicción inmarcesible: ‘Miren, muchachos, tengo la certeza de que nosotros tenemos el talento necesario para ganar’. Costó, sí, pero de la convicción vinieron los hechos (cuatro victorias seguidas rumbo a Corea – Japón 2002) y los hechos desataron un fenómeno social: el famoso Boom Vinotinto. Fue tras esa seguidilla de victorias que Venezuela se casó con su equipo, se compró su camiseta y empezó a desgañitarse en cada uno de sus goles. Los niños que vivieron aquella algarabía crecieron con la esperanza de ser futbolistas. Sus padres, que ya eran fanáticos del balompié (no es casualidad que la selección tenga tres jugadores de nombre Ronaldo), confiaron en ellos y los llevaron a la cancha. Tres lustros después, agradecen haber tomado esa decisión: sus hijos jugarán el domingo la final de una Copa del Mundo (sub-20) frente a Inglaterra.

HAMPAWEB

Hampa con uniforme

En la Fiscalía Octogésima Primera del Ministerio Público del Área Metropolitana de Caracas cursa desde hace dos semanas una denuncia en contra de la PNB, cuyos funcionarios golpearon e intentaron robar a nuestro editor mientras cubría la protesta que tenía lugar el sábado 20 de mayo en Chacaito. No es, desgraciadamente, una denuncia aislada: desde que comenzaron las manifestaciones han sido cientos, y puede que miles, los casos de ciudadanos y periodistas robados por funcionarios policiales y militares. No hablamos ya del uso indiscriminado de la fuerza, esa tentación siempre latente en gente con poder y armas; tampoco del soborno o del chantaje, esas formas elegantes del robo, sino del más bajo y rastrero bandidaje. Teléfonos celulares, cámaras, relojes, billeteras e incluso zapatos han sido robados por estos ladrones uniformados que actúan con una desvergüenza e impudicia alarmantes. La vileza de estos delincuentes es aún mayor que la del hampa común, que por lo menos se juega la vida y se expone en cada atraco; ellos ni eso: son intocables, actúan en grupo, investidos de autoridad, y, por si fuera poco, roban a los ciudadanos con las motos y las armas que esos mismos ciudadanos, impuestos mediante, les proveen. Es tan repulsivo, tan indigno y sobre todo tan injusto todo esto, que sólo se puede remediar con un castigo ejemplar: la detención y la expulsión de por vida de estos delincuentes de los cuerpos policiales y militares. No bastan comunicados ni ambiguas declaraciones insulsas, exigimos acciones categóricas. Mientras no las haya, y mientras todo haga pensar que no se trata de actuaciones aisladas sino más bien sistemáticas, en esta revista usaremos el adjetivo ‘delincuentes’ para referirnos a los miembros de estos cuerpos de seguridad. Y no será animosidad, tirria ni nada semejante, sino el ejercicio riguroso y cabal del oficio que ejercemos, que nos exige llamar las cosas por su nombre. Y el suyo es ese.

unnamed (3)

REVIEW: The Journey – Inter-Continental Concerts

Por: Humberto González

The Journey es el nuevo álbum de Inter-Continental Concerts, banda liderada por el iraní Shahed Mohseni Zonoozi. Un álbum que mezcla los sabores musicales de diferentes regiones del planeta. Desde “The Cyprus Station”, primer tema del álbum compuesto por 10 piezas, la banda intenta sumergir al escucha en un viaje de sonidos, en un viaje sensorial y geográfico interesante desde cualquier perspectiva.

No hay repetición ni lugares comunes dentro del mundo de The Journey. La guitarra española despliega sus alas desde el segundo uno, y no cesa sino hasta el final del viaje. Es, además, el elemento clave dentro de toda la propuesta musical del iraní.

“The Fellowship” es quizás el tema más diferente del resto. Comienza con un piano evocador, acompañado de una voz suave y ensoñadora. Es, quizás, el mejor tema del álbum, por lo que  transmite y lo que sugiere. Sin embargo, a veces la mezcla de las voces, tanto en “The Fellowship” como en el resto de los temas del álbum, resulta un tanto incómoda, pero esto es quizás un problema de producción.

Más allá de eso, The Journey es un gran álbum de la mano de Inter-Continental Concerts, y de la mano de la creativa mente musical que es Mohseni.

TERRORISTAWEB (1)

El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El terrorista, el muchacho y el rescatista se sientan en el mismo banco de la plaza Altamira donde el periodista está descansando. El muchacho es amigo del terrorista y el terrorista es amigo del rescatista. La amistad entre el muchacho y el terrorista es de reciente data y se fraguó en la calle, ‘guerreando’, como ellos dicen. La amistad entre el terrorista y el rescatista es de vieja de data: se conocen de antes y han jugado (y llorado) juntos. Comparten código postal y un mismo dolor llamado Carlos Moreno (17), la víctima 06 de las protestas, asesinado el pasado 19 de abril en San Bernardino.

Si están juntos en ese momento es porque abajo, en Altamira Sur, no hay todavía nada. La marcha estudiantil hacia VTV se ha desenvuelto (y devuelto) en paz. Es, según sus organizadores, el segundo evento de calle que se desarrolla sin una sola lacrimógena de por medio en los 63 días de protesta. Ha costado la mediación del alcalde Ocariz, muy activo dialogando con la PNB y la GNB, y, sobre todo, el esfuerzo tremendo de los diputados, quienes terminada la manifestación se tuvieron que quedar arreando gente, desmontando barricadas y recibiendo insultos por parte de un pequeño grupo que quería incendiar VTV porque ‘¿quién dijo que uno viene para entregar cartas?’.

Sin embargo, lo lograron –‘¿lograron qué? ¡No lograron nada!’, decía alterada una muchacha, a la que Pizarro luego acusó de infiltrada del SEBIN– y es por ello que todos están allí: el periodista no tiene suceso alguno que cubrir; el terrorista y el muchacho nadie contra quien guerrear; y el rescatista  a quien atender. “¿Qué dice la prensa?”, le pregunta el rescatista al periodista y así lo incluye en la conversación, que durante los próximos minutos girará sobre los tópicos habituales de toda protesta.

“¿Alguien me regala una llamada?”, pide el terrorista e inmediatamente el rescatista lo auxilia. “Se me olvidó avisarle a mi mamá que todavía no voy a llegar. Ella piensa que estoy en el liceo”, explica. Es después de esa llamada cuando se descubre: “A mí me tienen fichado por terrorismo”, suelta como si tal cosa. “¿Te metieron en la lista?”, pregunta el muchacho. “Sí, mano”. El periodista se emociona: un terrorista es un lomito informativo. Arranca entonces con sus preguntas impertinentes para encontrarse con que lo más peligroso que el terrorista ha hecho en su vida es lanzar bombas molotov, porque ni siquiera un cohetón ha prendido (“no, hermano, eso se lo dejo a los gochos, que son locos y arriesgados, porque esa vaina es peligrosa”). “¿Y entonces por qué estás en esa lista?”, pregunta, viendo diluirse su exclusiva. “No sé, mano. Pero igual tengo que estar con cuidado porque nos están cazando”, responde, y comienza a relatar historias de conocidos a quienes sin mucho ruido ni alharaca han ido apresando sigilosamente tras un proceso minucioso de seguimiento. “A un pana, saliendo de su casa un día normal, lo montaron en una camioneta y se lo llevaron. Está en El Helicoide. A otro lo atraparon porque al que le guardaba los escudos lo apresaron, le quitaron el teléfono y de allí sacaron los contactos de varios”.

Cuando avisan que en Altamira Sur hay enfrentamientos esporádicos entre los manifestantes y algunos GNB, que cada tanto tiempo pasan en moto lanzando bombas, el terrorista le dice al muchacho para bajar. “Es que ya estoy cambiado”, rechaza la invitación este último. “Yo sí voy a ir a un rato”, dice el terrorista. “Además, mañana hay Champions y no creo que venga”, agrega. Hijo de su tiempo futbolístico (creció en la mejor época del Barca) es antimadridista y le ligará a la Juve. “¿Quieres el casco?”, le pregunta el muchacho. “No, mano. Recuerda que estoy en el liceo. Yo no puedo llegar con esa vaina pa’la casa”. El rescatista se le une por si hay alguien a quien atender. “Procura que no te maten”, es la despedida que le dan al terrorista. “¿Tas loco, mano? Si estoy luchando para poder tener un país y disfrutar de él, no voy a dejar que me maten antes”.

El periodista, que carga un chaleco antibalas pesadísimo que lo hace vivir cansado todo el tiempo, decide esperar a que la situación sea verdaderamente apremiante para bajar. Ya tiene algún tipo de experiencia como para discriminar lo que puede ser importante y lo que no. El muchacho se queda con él. Parece de 13 pero tiene 15. Está en IV año de bachillerato y todavía no sabe qué quiere estudiar. De hecho, estudiar, lo que se dice estudiar, es algo que no está haciendo con regularidad: se jubila de clases para ir a las protestas. “En este país no hay futuro. Prefiero estar aquí guerreando que estudiando en el liceo”. El periodista le dice que estudiar es importante. “Yo no siento que estudiar en este momento pueda servir para algo”. “En este momento no, pero luego…”, promete el periodista, aunque él, profesional con título y trabajo, que está más cerca de los treinta que de los veinte, vive todavía en la casa paterna, no ha podido siquiera comprar un carro y se alegra cuando puede acompañar el almuerzo con un Té Lipton, sabe perfectamente que está vendiendo humo.

De humo habla el muchacho. “Yo soy asmático, y las veces que me he ahogado con las bombas me pregunto siempre por qué estoy aquí”, le cuenta al periodista, que inmediatamente le pide que responda la pregunta. “Yo lo hago porque el año pasado me robaron tres celulares. Eso en parte. Y porque aquí, como te digo, no hay futuro para nadie”. Siguen hablando de cualquier cosa, hasta que caen en el tema de la represión. “¿Lesa humanidad es que se llama eso, no?”, le pregunta el muchacho para luego subirse el pantalón y mostrarle una herida que ya cicatriza. “En el momento yo pensaba que era un bombazo. Pero cuando me lo revisaron tenía un hueco. Yo estaba cagao, porque era un hueco como de dos centímetros, y yo creí entonces que era un balazo. Pero fue una metra”. El periodista, que se acuerda de su amigo escritor, no puede dejar de pensar que a los 15 la imagen que él tenía de las metras era la de un juguete y no la de un arma. La herida del muchacho tiene casi un mes y recién es que comienza a cerrar. “Yo de ocioso me metía el dedo gordo y me entraba. Ya no me duele ni nada. Pero le falta todavía, porque perdí mucha piel”.

Inmediatamente, el muchacho se señala la ceja. “¿Y eso?”, pregunta el periodista al verle otra herida. “Un perdigón, o bueno, no sé, algo. Los paramédicos que me atendieron me dijeron que podía haber sido un tuercazo, porque la herida estaba llena de aceite”. El periodista alucina. “Yo estaba al lado de un escudero en la autopista. Y en una de esas que me moví escuché algo que sonó zzzzz y me pegó entre el lente y el casco. Escuché el sonido y todo. Ahí mismo comencé a botar sangre. Mucha sangre. ‘Estoy herido, estoy herido’, grité. Y me llevaron en una moto. Quedé tan loco en el momento, que no me di cuenta de que habían sido unos panas los que me rescataron”. Al periodista le inquieta saber si después de tanto no tiene miedo, que es un tema que lo obsesiona. “No. O sea. Ahora estoy guerreando atrás de los escuderos, antes era al lado, pero ya no”. Entonces, le pregunta por su familia y cuán enterados están. “A mí mamá ahora le tengo que inventar una labia para venir para acá. Las primeras veces se lo contaba todo. Hablábamos como si fuéramos amigos. Pero por culpa de esto [se señala la pierna] ya no. Ese no lo pude ocultar. El de la cabeza sí. Me puse un gorro y no se veía. Y cuando ya estaba más desinflamado, dije que fue jugando futbol”.

El rescatista pasa y los encuentra sentados hablando. El muchacho pregunta por el terrorista. El rescatista dice que no sabe nada, pero que debe estar abajo guerreando. El muchacho entonces dice que él mejor va a ir marcando la milla antes de que se haga de noche. El periodista, que no suele ser simpático ni afectuoso, se despide con un abrazo. “Cuídate mucho, chamo”, le dice, y lo hace con genuina preocupación. El muchacho, con su cara de niño perdido y su uniforme de liceísta, promete hacerlo, sonríe y se va. El periodista lo ve alejarse y se acuerda de Hemingway en ‘¿Por quién doblan las campanas?’. No tiene la cita exacta pero sabe por dónde va: el lujo que era, en la guerra, volver a ver a alguien de quien se había despedido. Y aunque sabe que no es la guerra, comienza a dudar de si algún día podrá volver a ver a los tres juntos de nuevo.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

NICOWEB

Perfil de un tirano revolucionario

Por: Emmanuel Rincón | @emmarincon

Pocos sabrán que en su pasado, el actual mandatario venezolano fungió como guardaespaldas de José Vicente Rangel durante la campaña presidencial del año 83; es decir, que su cuerpo alargado servía como muro de contención y barrera contra cualquier intento de agresión hacia el entonces candidato y sus brazos se empleaban para abrirle paso a José Vicente cuando se decidía a caminar en medio de una multitud; no en vano, su metro noventa le facultaba para ser un perfecto receptor de balas, golpes, y hasta huevos, como bien supo demostrar durante su paseo militar por la apacible San Félix.

Pero antes de eso hay una historia, una no muy interesante, pero la hay: desde un nacimiento en no se sabe dónde (que hoy día sigue siendo un misterio, puesto que ni sus propios allegados logran ponerse de acuerdo) a las andanzas de un niño, y luego adolescente, que fracasó en todo lo que intentó hacer.

Hace un par de días, Nicolás apareció tocando el piano dándonos muestras de por qué abandonó los instrumentos para usar su cuerpo como muro de contención. No sabemos si intentaba darnos un mensaje de amor a la música luego de que sus esbirros asesinaran a Armando Cañizales, o rompieran el violín de Willy Arteaga, pero lo cierto es que cada vez que aparece para darnos muestras de sus “destrezas” únicamente fracasa; está claro que en lo único que ha triunfado es en consagrarse como represor y asesino de ciudadanos, pero vamos poco a poco.

Esta triste historia comenzó en Caracas, donde un Nicolás Maduro adolescente desistió de sus estudios de bachillerato para dedicarse a tocar el bajo en una banda de rock, tal como asegura la versión oficial. Lo cierto es que durante décadas, al hoy presidente de la nación no se le conocieron logros, mucho menos esfuerzos o habilidades. El mensaje de Hugo Chávez al designarlo como sucesor fue claro: a Presidente de la República puede llegar cualquiera, no se necesitan pergaminos, títulos o destrezas.

En los años 80’s, con la mayoría de edad cumplida, Nicolás Maduro vivía de las arcas de su padre, no se había preocupado por educarse, mucho menos por trabajar, y sí por gritar consignas de izquierda y afirmar que el mundo era un lugar injusto, ya que mientras otros paseaban en autos del año, a él le tocaba resignarse con el Fairlane anticuado de su papá. De esa forma, su corazón empezó a ir ahorrando… resentimiento, pues claro está que dinero no podía acumular vagueando por las calles de manera indefinida. Fue entonces cuando se acercó a los grupos de izquierda y el de José Vicente Rangel le dio la oportunidad de ganarse el pan: ‘tú lo único que tienes que hacer es poner el cuerpo y aguantar coñazos’, le dirían. Maduro aceptó, puesto que no tenía otros talentos, tampoco ambiciones, solo sabía que quería “igualdad”, que quería tener en su cuenta bancaria la misma cantidad de dinero que el abogado de enfrente, que el médico de la clínica por la que pasaba cada mañana, o que el ingeniero que había construido los puentes y elevados por los que se trasladaba día tras día.

Luego de que la propuesta de José Vicente Rangel fuera claramente rechazada por el pueblo, su salario sufrió el mismo destino. Ya no tenía a quien servirle de guardaespaldas, así que tuvo que buscar otro empleo, ¿y qué otra cosa sabía hacer Nicolás Maduro?: manejar un carro. Así fue como se convirtió en chófer de Metrobús. Detrás del volante tampoco resultó ser muy exitoso: en muy poco tiempo se hizo con el record de más unidades chocadas en la historia de la empresa, y también supo apuntar su nombre en lo más alto, en la lista de ausencias “justificadas”, siempre relacionadas con cuadros de asma o fiebres.

Sus contactos con grupos izquierdistas, y su deplorable actuación detrás del volante, lo llevaron a probar nuevos destinos, y fue así como terminó en Cuba realizado cursos de adoctrinamiento de cuadros políticos de izquierda en la escuela Ñico López; allí permaneció durante casi dos años, fomentando su odio hacia la derecha, aprendiendo a implantar un modelo político tan “eficiente” como el cubano, en lo que a él respecta, de igualdad y felicidad: es más fácil construir miseria para todos que propiciar las bases de la riqueza.

De vuelta a Caracas, su tiempo se dividió en fomentar la pereza, la apatía, y la inconformidad; su condición le parecía deplorable, pero no hacía nada en lo absoluto para cambiarla, únicamente contribuía quejándose e intentando sumarse a grupos de izquierda que compartieran su odio por la gente que ha logrado acumular riquezas. Pasados un par de años, decidió volver a ponerse detrás del volante, logró aliarse con los miembros del sindicato del sistema de transporte, y así reingresó a la nómina de conductores, a pesar de su récord poco confiable. Allí, gracias a las enseñanzas aprendidas en Cuba, consiguió posicionarse como uno de los jefes en el sindicato, y esto lo facultó para ausentarse del trabajo las veces que quisiera, negociar con los representantes de las empresas para las cuales laboraba, y exigir cada vez mayores beneficios a cambio de menos trabajo. Estos azares de la vida lo llevaron a conocer a Cilia Flores, estudiante de derecho que se tildaba a sí misma de “revolucionaria e izquierdista”, con básicamente los mismos propósitos que el chófer de autobús.

En el año 1992, un 4 de febrero, luego de abandonar su oficina de trabajo, se enteró por los medios de comunicación de que un grupo de militares estaba llevando a cabo un golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez. La noticia estremeció a Nicolás, y a la mañana siguiente, cuando vio a Hugo Chávez por los medios de comunicación declarando que “por ahora” los objetivos planteados no habían sido logrados, sintió un flechazo en el corazón. Fue amor a primera vista: ese hombre que se había robado la atención de todo un país se convirtió desde ese momento en su líder.

Fue por ello que un par de meses después, Cilia Flores, ya abogada de la República, hizo un acercamiento con Hugo Chávez en la cárcel de Yare, y a su vez le introdujo a Nicolás Maduro, quien desde el principio reconoció al Comandante como un Dios en la tierra, y aseguró que lo seguiría por cielos e infiernos.

Durante la campaña electoral de Chávez, puso al servicio sus mejores talentos: usando su cuerpo como muro de contención y manejando los vehículos en los que se transportaba el candidato presidencial. Fue así como logró hacerse con la confianza del mesías de Sabaneta, quien lo incluyó en las listas de su partido para acceder a un escaño en la Asamblea Nacional. De ese modo, un hombre que en el pasado no había podido lidiar siquiera con las materias del bachillerato se transformó en diputado.

El resto de la historia ya todos la conocen: envestido como diputado, el comandante Hugo Chávez lo propuso como Presidente del Parlamento, y sus partidarios lo votaron para hacerse con la silla más importante del Poder Legislativo; así, el cúmulo de aptitudes y logros de Nicolás Maduro (primaria básica, bajista mediocre, guardaespaldas, conductor de autobús con el mayor número de accidentes de tránsito) lo llevaron a ser la persona encargada de legislar en el país, y de aprobar los presupuestos de un de las naciones más ricas del planeta tierra.

En el año 2006 fue designado ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela. Aquello lo congració con Chávez aún más, promoviendo y apoyando las relaciones bilaterales del gobierno venezolano: desde Saddam Hussein, a Muamar el Gadafi, Mahmud Ahmadineyad y, por supuesto, Fidel Castro. El fiel cumplimiento de sus funciones, sin ningún tipo de excusas u objeciones, convirtió a Nicolás Maduro en uno de los favoritos, no solo de Hugo Chávez, sino también de Fidel. En el año 2009, el entonces canciller voló a Damasco y luego a Teherán para estrechar vínculos con la organización terrorista “Hezbolá” –todo esto según las investigaciones del periodista Emili J Blasco publicadas en su libro Búmeran Chávez–, información que años después sería refrendada por el departamento de Estado de los Estados Unidos de América, y transmitida por la señal de CNN, al confirmarse la vinculación de Tareck El Aissami con dicho grupo terrorista.

En aquel entonces, Nicolás Maduro sostuvo reuniones con Hasán Nasralá, jefe de la agrupación terrorista Hezbolá, y uno de los hombres más buscados por el servicio secreto de los Estados Unidos, a quien habría accedido gracias a la intermediación del entonces Ministro de Interior y Justicia, Tareck El Aissami, de ascendencia sirio-libanesa y muy allegado a los grupos de poder árabes existentes en Venezuela. Luego de ello, el canciller voló a Teherán, donde se reunió con el presidente Hugo Chávez, quien sostenía juntas con Mahmud Ahmadineyad. Allí planificaron la implantación de las células terroristas en territorio venezolano, y la dotación de pasaportes a sus integrantes, bajo el resguardo y control de Tareck El Aissami. Es desde ese entonces cuando el dueto Maduro – El Aissami comienza a afianzarse, y es de allí de donde sale la futura designación del segundo como Vicepresidente de la República (2017).

Ante el cáncer de Hugo Chávez y su probable defunción, comenzaron a evaluarse las propuestas a sucederle en Miraflores. Entre los candidatos estaban Elías Jaua, Diosdado Cabello, e inclusive su hermano Adán Chávez; no obstante, quien terminó haciéndose con tal designación fue Nicolás Maduro: primero, por la obediencia y lealtad mostrada; y segundo, por su acercamiento con Cuba: es la voz de Fidel la que inclina la balanza a su favor, al saber que con Diosdado tendría más difícil su injerencia sobre territorio venezolano.

Su andar presidencial comenzó con un fraude tras otro: primero, haciendo de presidente interino tras la falta de juramentación de Hugo Chávez; y luego, en unas elecciones que las propias investigaciones anteriormente mencionadas han demostrado que fueron manipuladas y fraudulentas. Desde allí comenzó a reprimir ciudadanos venezolanos, a propiciar saqueos, a destruir la economía, y a construir la “igualdad” que tanto soñó en su adolescencia. Luego de propiciar el Dakazo y fomentar el aumento de la escasez y de la inflación, se topó con un cúmulo de protestas en el 2014 que lo llevaron a encarcelar a Leopoldo López, y a ordenar una represión que dejó 43 asesinados en un par de meses, lo que lo forzó a convocar a diálogos que facilitaran una “pacificación” de la sociedad. Desde entonces, su gobierno ha estado en punto de mira de todos los organismos internacionales. Un tiempo después a sus sobrinos los detuvieron en Puerto Príncipe con 800 kilogramos de cocaína, y a su Vicepresidente, Tareck El Aissami, lo acusaron formalmente de poseer nexos terroristas y de otorgarles pasaportes venezolanos a ciudadanos sirios (aquello que se venía cocinando desde el año 2009).

2017 ha resultado ser el año más caótico de todos, cosa nada desdeñable: cada 365 días los venezolanos se sorprenden al percatarse que, de hecho, su país si puede hundirse cada vez más, sin importar que desde el 2012 aquello ya pareciera una misión imposible. Con el pueblo en contra, a Nicolás, el del bajo; a Nicolás, el de la camionetica, no le ha quedado de otra que aumentar la represión, salir a la caza de ciudadanos, promover una Constituyente sin pies ni cabeza, ordenar el asesinato de más de 60 venezolanos opositores hasta lo que va de fecha (29 de mayo del 2017), y esperar que el espíritu del Comandante venga en su rescate.

Pero poco y nada puede achacársele de toda esta crisis: es difícil exigirle a un sujeto que jamás aspiró a nada, y que lo único que cultivó en sus primeras décadas de vida fue resentimiento, que sepa administrar riquezas e impartir justicia. En el vocablo del Presidente de la República aquello no existe, jamás lo conoció, ni tampoco se preocupó nunca de hacerlo: él es, sencillamente, un individuo de corta racionalización dispuesto a defender a capa y espada la herencia intergaláctica recibida, la herencia que nunca, jamás, soñó o imaginó tener. El culpable de toda esta situación ya ha fallecido, aunque su historia también es otra que vale le pena analizar, porque a esas culpas también les hallaremos otras; como la del señor que decidió sacarlo de la cárcel, como la de los dueños de grandes medios de comunicación que decidieron encumbrar su carrera política, o como la de los millones de venezolanos que decidieron darle poder infinito a un Teniente Coronel.

IMG-20170601-WA0027

Luisa unchained

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

Diosdado Cabello no lo podía creer. En sus tiempos de papaúpa de la AN había tenido que convencer a sus compañeros de que ella era la persona indicada para el cargo. Líder indiscutible del chavismo, la palabra de Cabello bastó para que Ortega Díaz repitiera como Fiscal General. “¿Jura usted ante esta Constitución, ante el padre de la Revolución Bolivariana, el comandante Hugo Chávez, cumplir y hacer cumplir las leyes de la República?”, preguntó el por ese entonces presidente de la Asamblea. “Lo juro”, contestó la abogada. Finalizaba el año de “La Salida” y el PSUV estaba conforme con el desempeño de la jefa del Ministerio Público, clave en el encarcelamiento de Leopoldo. Por eso, cuando se produjo el famoso ‘impasse’, el de El Furrial fue el primero en lamentarse. Porque traidores ha habido muchos, desde mentores del proceso revolucionario (Miquilena, Navarro, Giordani) hasta hermanos de toda una vida (Baduel), pero nunca hubo quien desde adentro y con mucho poder resquebrajara el tablero de ajedrez. Hoy Luisa Ortega volvió a aparecer y apuntó a un TSJ que está permitiendo que el chavismo, ese movimiento político que se jactó de vencer por la vía electoral, le huya al voto. “Hemos solicitado la aclaratoria sobre si perdió vigencia la democracia participativa y protagónica”, dijo la Fiscal a las afueras del Poder Judicial, luego de introducir un documento ante la Sala Constitucional para pedir explicaciones sobre sentencia 378 (“No es necesario referéndum para convocar ANC”). La abogada fue tajante: no existe Constituyente sin consulta popular.

unnamed (4)

REVIEW: Winter Calling

Por: Humberto González

Not Like You” es el clásico video de la banda de metalcore estadounidense. Sin ebargo, el bajo presupuesto llama mucho más la atención que el mismo tema de la banda. Sobre todo por la posición de la cámara en cada uno de los planos, en donde la atención se concentra sobre todo en las luces detrás de la banda. Más allá de agregar una intención estética que sea atractiva, el video de Winter Calling se convierte en un ejercicio de After Effects mal hecho.

Follow me down” sigue la misma línea; sin embargo, es un vídeo mucho más narrativo y más atractivo que el anterior. Al menos, acá notamos una intención de contar una historia que, si bien no es del todo complementaria artísticamente, es un intento por realizar una aproximación más artística. Winter Calling pega de imprimir la misma propuesta de realización en los 3 videos que hasta ahora acompañan al álbum. Una disposición clara por tendencias clásicas de la realización de vídeos, que si no fuera por la nitidez de la imagen digital o la pantalla en la que se visualiza, podría tratarse fácilmente de un video de los años 90.

A New Me a Few Me” es quizás el más experimental y más atractivo del trío de videos. Quizás por la cobertura de la historia, es el más diferente de los demás. Blake Cortes dirige las tres piezas audiovisuales. Y aunque cuenta con un presupuesto para realizarlos, queda demasiado por entender la necesidad de piezas que no aportan nada al esquema musical del álbum “Faces”.