TANQUETAWEB

“Los venezolanos no somos este odio”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

De acuerdo con la grabadora son las 12:55 del mediodía del 03 de mayo cuando Miguel Pizarro habla en la autopista con la prensa. Es una declaración atropellada y difícil, que se obtiene en medio de una dura arremetida de la Guardia Nacional. El diputado, sin máscara anti gas, casco ni chaleco antibalas, habla viendo las tanquetas de frente para esquivar cualquier bomba. Hace minutos, una acaba de aterrizarle en los pies. Tiene los ojos y la nariz rojos. Está empapado de sudor. Pero aguanta. El registro magnetofónico da cuenta de lo difícil del momento: Pizarro hace pausas para respirar, Pizarro arranca con un tono alto y rápidamente lo baja, Pizarro al final jadea. En los 45 segundos de grabación hay 4 detonaciones y un sinfín de gritos: ése es el fondo con el que se confunde su voz. En los últimos segundos, se escucha claramente la advertencia que hace una mujer desde un megáfono: “Cuidado con la cabeza, muchachos. No se descuiden”.

Protegerse la cabeza y caminar hacia atrás, sin darles jamás la espalda a los Guardias, son las únicas cosas que se pueden hacer en ese momento. Sin embargo, ello no garantiza nada. Ya las bombas no describen esa parábola de humo blanco que las hacía reconocibles. Ahora son un zumbido metálico que cruza a toda velocidad y en cualquier dirección el aire, golpea y luego explota echando gas. Pasan tan rápido y por cualquier parte, que resulta prácticamente imposible anticiparse a ellas.

De lo que Pizarro atina a decir entre detonaciones y zumbidos hay una frase fundamental: “Los venezolanos somos mucho más que esto. Los venezolanos no somos este odio. Los venezolanos no somos esto que estamos viendo”. Y lo que estamos viendo es el inicio de la que al final de la jornada será la arremetida más brutal de la Guardia Nacional Bolivariana contra manifestación alguna, que dejará un saldo de más de 300 heridos y un muerto.

II

Todo comenzó en la Plaza Francia de Altamira. Eran las 11 de la mañana (una hora después de la convocatoria) y la plaza estaba repleta de manifestantes. Tres grupos distintos rezaban el rosario en voz alta, mientras el resto de la gente conversaba y hacía tiempo. En los alrededores, sin embargo, la vida transcurría como si tal: comercios abiertos, transporte público operando y transeúntes caminando.

Cerca de la parada de los metro-buses, Stalin González conversaba informalmente con la prensa. “¡Vamos a marchar!”, comenzaron a gritar algunas personas, y el diputado entonces mandó a Cartaya (un viejito medio bravo que se encarga de la logística) a que buscara a Julio Borges. “En 5 minutos te lo traigo”, le prometió Cartaya, pero no pudo cumplir. En 5 minutos lo que había era más gente presionando –“¡Vamos para abajo!”, era el nuevo grito– y por una esquina Freddy Guevara. Entonces Stalin, que no es precisamente un orador entusiasta, tuvo que anunciar (siempre sin entusiasmo) que la marcha iría hacia la Asamblea Nacional. “Estoy orgulloso de ti. Hablaste muy bien”, fue la curiosa felicitación que le susurró Freddy al terminar el anuncio.

¿De dónde aparecieron los demás diputados? Ese es un misterio que sólo los equipos de logística pueden aclarar. Pero ya en Altamira Sur la cadeneta de parlamentarios contaba con una buena representación de ellos. Sin embargo, frente al liceo Gustavo Herrera la marcha fue detenida. Pidieron un megáfono y megáfono no había. Así que Ismael García se paró en una defensa a pedirle tiempo a la gente para que terminaran de llegar los parlamentarios que faltaban. Un manifestante muy puntual, que a las diez estaba como un clavel en la autopista (eran ya las 11:55 AM), consideró una falta de respeto la petición de García y se lo hizo saber. Él se salió de sus casillas. “Entonces échale bolas y vete a marchar tú solo”, le respondió el diputado aragüeño. Fue Rosaura Sanz (a la que inexplicablemente todavía llaman Rosalba) quien con más tacto, simpatía, unos cuantos ‘mi amor’ y mucho diente logró aplacar los ánimos. “Ahorita hay un cuarto de la gente que esperamos. No podemos arrancar todavía”, le explicaba. “Los venezolanos somos así: nos convocan a las 10 y llegamos a las 12”, proseguía. “Además, faltan 5 diputados”. Para el hombre, que seguía bravo, pero no con ella, era por ello, por la impuntualidad, que Maduro estaba de presidente y el país así.

Ordenar a los legisladores no fue tarea fácil (no tanto por ellos como por los no-legisladores que se sentían tales y querían ir al frente). Tampoco lo fue que los jóvenes encapuchados entendieran que esta vez no iban a ir ellos de primeros. Fue Freddy Guevara, que se tuvo que salir de la cadeneta, quien logró contenerlos a un lado de la autopista. La idea era clara: no darle excusa a la Guardia para reprimir. Sin embargo, tampoco la necesitaba: apenas aparecieron los diputados, los recibieron con bombas. Nada hubo: ni parodia de diálogo, ni advertencia de por aquí no pasen, ni disimulo. Nada. Por no haber, ni siquiera hubo una provocación, no ya una piedra, al menos un grito, un insulto, algo, que les permitiera excusarse y decir ‘ellos empezaron’. Nada de eso: fue ver a los diputados acercarse y comenzar a atacarlos.

III

El embate lo aguantan los diputados a punta de coraje y más nada. Sin protección de ningún tipo, apenas con un trapo empapado en bicarbonato algunos, se plantan en la autopista. Con la inmunidad parlamentaria no viene ningún súper poder: lloran, tosen, se doblan, escupen. Delante de ellos están los jóvenes encapuchados combatiendo contra la Guardia. Detrás de ellos, el resto de los manifestantes.

El enfrentamiento es tanqueta, ballena, rifle, lacrimógena y perdigones versus piedras y bombas molotov. El ejército de los jóvenes es bastante rústico: la mayoría se cubre el rostro con franelas que empapan de bicarbonato y los ojos con lentes de natación o de jardinería; no todos tienen máscaras anti gas y las que tienen suelen ser de las más baratas, que no cubren los ojos. Algunos se protegen con los escudos de madera que esa mañana alguien les donó, otros con gabinetes de puertas y hay incluso quien usa láminas de zinc. Los guantes, con los que agarran las bombas, no son tampoco de la mejor factua. “Apenas nos duran un día”, se quejará alguno horas después. Ellos aguantan largo rato, el suficiente a veces para que los que están más atrás tengan tiempo de salir, pero al final siempre se ven sobrepasados por la GNB y la PNB.

IV

“¡Médico, médico!”, piden varias personas que se van abriendo paso entre la gente y llevan a un muchacho herido. No debe pasar de los 20 años. Tiene las manos ensangrentadas y con ellas se tapa el ojo derecho. No ha transcurrido siquiera media hora desde que empezó la represión, y ya se hace imposible computar si este joven es el décimo, el trigésimo o el diecisieteavo herido de lo que va de jornada. La única certeza que se tiene es que desgraciadamente no será el último.

Al verlo, una mujer comienza a llorar. Y no es para menos. En ese momento, debajo del puente del CCCT, la escena es propia de una guerra: se escuchan detonaciones y gritos, en el suelo hay una barricada hecha con cualquier cantidad de escombros y basura, por doquier pasan jóvenes con el rostro cubierto, que al rato son devueltos heridos. “Si usted se pone nerviosa no debe estar aquí”, le dice la acompañante a la mujer, que todavía llora. Pero cómo no hacerlo, parece decir ella con su expresión, si a sus pies tiene a un joven al que unos médicos de pulso a prueba de todo le están vendando el rostro apresuradamente antes de que llegue la Guardia, que no va a tener compasión; cómo no conmoverse ante el infortunio de un muchacho, como mucho veinteañero, que podría perder para siempre un ojo; cómo no ponerse nerviosa si las detonaciones cada vez se escuchan más fuertes; cómo no angustiarse cuando ya ese humo químico y abrasivo comienza a sentirse nuevamente; cómo no preocuparse si allí, a metros, ya está la silueta blanca del rinoceronte que escupe bombas sin importarle ojos, juventudes, anhelos o sueños.

V

El miedo bien puede ser eso que había en el grito de una niña (“¡no, papá, allí no!”) que le indicaba a su padre que se dirigían directamente adonde habían comenzado a echar lacrimógenas. La desesperación puede ser lo que el rostro de ese hombre refleja al saberse emboscado por la GNB, que echa bombas adelante y atrás de él. Y la paternidad puede ser eso que lo mueve a cargar a su hija (de unos siete u ocho años) mandarla a cerrar los ojos y correr con ella encima hasta Altamira.

Esa emboscada de la Guardia Nacional, innecesaria y sin sentido, fue la prueba palpable de que lo que buscaban no era sólo desalojar la autopista sino hacerles el mayor daño posible a los manifestantes. Ocurrió pasada la 1:30 PM, cuando ya los rinocerontes y la ballena que venían de la Francisco Fajardo estaban a punto de cruzar el puente del CCCT, y del aeropuerto La Carlota empezaron a lanzar bombas  también. Un grupo importante, que se dirigía al distribuidor Altamira (única salida que quedaba) se halló emboscado y sin ninguna vía de escape, y echó mano de lo que había: una reja negra a la que le faltaba un barrote y daba al Sambil, una montaña que daba a una calle de Chacao o la carrera hasta Altamira.

Las imágenes de señoras y adultos agarrándose con las dos manos de la grama, de la tierra, de las matas o de lo que fuera para intentar subir la montaña mientras sus pies resbalaban varias veces con la tierra; el desespero de los que se quedaban atorados entre los barrotes de la reja negra y terminaban golpeados y pisados al intentar cruzarla; el funambulismo improvisado de aquellos que se subieron a la colina del Gustavo Herrera y aferrados a la reja intentaban cruzar Altamira lo más lejos posible de las bombas que les disparaban de La Carlota, son las estampas de parte de ese horror que se vivió (y no se vio) en la autopista contra el grueso de los manifestantes.

VI

Faltando diez minutos para las 4 de la tarde, toda Altamira se convirtió en un clamor. La plaza y sus dos avenidas eran un solo grito: “¡Sí se puede!”. Cual si llevaran el Santo Grial entre sus manos, hubieran sacado la espada de la piedra o tuvieran una reliquia milagrosa, un grupo de muchachos corría exhibiendo un rifle, tres escudos y la puerta que le quitaron a una tanqueta de la Guardia Nacional. Salvo que alguno tenga brazo de grandeliga y en un séptimo juego de Serie Mundial logre robarle un jonrón en la baja del noveno al equipo contrario, difícilmente ninguno volverá a vivir una aclamación de ese tipo. El momento, que culminó en el obelisco de la plaza, donde fue depositada y exhibida tan grande ofrenda, tuvo mucho de épica callejera y de fiesta popular. La gente los arropó, los aclamó, los celebró, aupó y fotografió.

Por un rato, la emoción de ese triunfo pareció hacer olvidar lo que había costado: un montón de heridos. El flujo de muchachos que tenían que ser sacados no ya por paramédicos o por los motorizados que habitualmente les colaboran, sino por prensa o cualquiera que se encontrara allí, había sido constante durante toda la tarde. Las caras de jóvenes inconscientes, pálidos, blancos, desmayados, con los ojos cerrados, las piernas abiertas, los hombros caídos, los brazos colgando y la cabeza moviéndose al vaivén de las motos, se habían estado repitiendo con frecuencia de galería. La arremetida de la Guardia había sido brutal.

Terminado el agasajo popular, digerida una breve comida que les brindaron y recuperadas todas las fuerzas, volvieron a bajar entre aclamaciones. Son jóvenes, se recuperan pronto, aman el peligro y se sienten inmortales. Pelean rústicamente contra militares que tienen orden de dispararles de frente o a las piernas, y son capaces, incluso, de pasarles por encima una tanqueta, como en efecto hicieron esa tarde. La dictadura agranda su mito llamándolos terroristas, pero uno de ellos se prende en candela al intentar incendiar una moto por no tener idea ni de cómo se hace. Son jóvenes, sencillamente, y se emocionan cuando logran arrancarle la puerta a una tanqueta. Ceden a los aplausos, se estremecen ante los vítores y ahí vuelven, al sur de la plaza, a enfrentarse a los militares. Para leyenda de la foto, una paráfrasis latina: ‘Ave, pequeños héroes, los vivos los despiden’. Al terminar el día habría uno de ellos muerto y más de 300 heridos.

OTROS TEXTOS SOBRE LAS PROTESTAS

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

-#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

-#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

-#19A: Un ataque criminal

-#20A: Historia de una post-marcha.

-#22A: La conquista del oeste

-#24A: Plantón a la violencia

-#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

-#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

-#01M: El derrumbe de dos mitos

FOTO: AFP

El derrumbe de dos mitos

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

De los muy malos augurios que puede haber en una marcha, el de la tarima es uno de los peores. Egos desatados, discursos llenos de lugares comunes, nulidades que deambulan con aires de estrella y seguridades que se sienten poderosos como Alejandro Magno pensando en las 50 ciudades que fundó con su nombre, son algunas de las cosas que se ven. Para este 01 de mayo, la oposición montó una en la Francisco de Miranda a la altura de Altamira. Pequeña y modesta, no por ello fue menos problemática que otras más grandes, aunque paradójicamente tuvo algo extraño: políticos que no querían hablar y que se pasaban el testigo para improvisar los discursos que la demora de un grupo de Primero Justicia les obligaba a pronunciar mientras llegaban.

Fue en esa espera, ya bien pasado el mediodía (la convocatoria había sido a las diez, la gente llegó a las once y el primero en hablar fue Ismael García a un cuarto para las doce), cuando los dirigentes afinaban los detalles sobre quién y cómo haría el anuncio de la ruta a tomar para ir al TSJ. Mientras tanto, Gaby Arellano hablaba. “Quisiéramos tener un sonido como el de Maduro en la Bolívar”, decía, tras percatarse de que una cuadra más allá de la tarima ya lo que decía no llegaba. “Pero tenemos toda la gente que Maduro no tiene en la Bolívar”. Aplausos a granel. Tantos como los que ganó Juan Requesens (el ceño fruncido siempre) cuando, subiéndole la temperatura a la calle y ostentando de campechanía (“ustedes saben que yo tengo una manera poco delicada de decir las cosas”), anunció que “el día que nos dé la gana convocamos a Miraflores”. Más aplausos todavía, mientras tras bastidores comenzaba a circular la noticia de que José Manuel Olivares había sido herido con una bomba en la cabeza en El Paraíso, y que la herida era de consideración.

Cuando pusieron a hablar a la presidenta de Un Nuevo Tiempo, ilustre desconocida a la que nadie le puso atención, el “¡Queremos marchar!” se hizo consigna y comenzó a ser coreado con fuerza. Lo que Arellano y Requesens habían encendido a punta de discurso había sido sofocado por un par de soporíferos dirigentes gremiales y sindicales y ahora era apagado por ella. Entonces, a la una en punto de la tarde, Delsa Solórzano (aclamada y admirada a partes iguales) tomó el micrófono y anunció que la marcha tenía ruta y esa era para el “norte”, que todos tomaran la avenida en la que estaba la tarima y en la Cota Mil nos vemos.

II

La idea de marchar por la Cota Mil había calado en el imaginario del opositor medio como la panacea a todos los obstáculos del gobierno. Hasta ayer, siempre que se comentaba lo imposible que era entrar a Libertador, no faltaba quien señalara que toda esa dificultad venía por una cosa y esa era que todo el tiempo tomaban las mismas rutas y nunca apelaban a la Cota Mil, especie de camino providente por el que se llegaría sin obstáculo alguno a la Roma del centro. La realidad (y eso lo sabían todos) es que si no se tomaba era porque sencillamente se trataba de una de las peores rutas posibles: a mil metros de altura y sin ninguna vía de escape (montaña para un lado y precipicio para el otro), resultaba fácil de cerrar y más fácil aún de emboscar. Por ello cuando ya el sábado era decisión tomada (aunque no revelada), quienes lo informaban sotto voce lo hacían sin entusiasmo alguno y pronosticando que pasaría lo que en efecto pasó: que ni siquiera se podría entrar.

El segundo de los grandes mitos logísticos acendrados en el imaginario de la masa opositora que se derrumbó ese día fue el de la ruta no anunciada. Nuevamente, la causa de todos los fracasos por entrar a Libertador estaba en que la oposición informaba la ruta con anterioridad. El factor sorpresa, decían los estrategas de marcha, es la clave; si no se anuncia la ruta, entonces no podrán saber para donde vamos, ergo, llegaremos. Así se hizo, y la realidad de un helicóptero que sobrevuela las manifestaciones y desde arriba informa todo, derrumbó nuevamente el plan magnífico. También la realidad misma de la masa, a la que dirigir en vivo y sin medios -económicos y de comunicación- es demasiado difícil: media hora después quedaba gente en la Francisco de Miranda que no había escuchado ni entendido adónde (y por dónde) era que había que ir. Y cuando las primeras bombas dispersaron la marcha y los dirigentes intentaron guiarla –megáfono en mano– por otra ruta, terminó siendo esa, la marcha dirigida, la que tuvo menos gente, porque cada quien se fue por su lado, la mayoría para Altamira.

III

Los que siguieron por la ruta del megáfono, se vieron inmersos en el más opulento de los laberintos: el Caracas Country Club, conformado por un sinfín de calles y callejuelas en la que los amos del valle tienen asentadas sus mansiones. Como tras casi dos décadas de revolución los actuales amos son rojos, eran varios de sus apellidos los que se escuchaban cuando algún informado pasaba frente a una de sus propiedades. “Allí vive Gorrín, el nuevo dueño de Globovisión”, “Esa es la casa de Tibisay Lucena, por allí no podemos pasar”, se llegó a escuchar. Fue en Chapellín, un barrio pobre que limita con el Country (Caracas, ciudad de contrastes) donde la GNB se plantó para impedir el paso de los manifestantes, a los que devolvió a punta de bombas. Lo estrecho de las callejuelas y la cantidad de gente generó el consabido atasco con el subsecuente pánico.

De vuelta por el Country para ir a Chacaito, una mujer hablaba por teléfono con una amiga. “No. Ni se te ocurra separarse de esos señores. Sí, quédate con ellos. Tranquila, yo voy a seguir llamando a ver si alguien lo agarró y contesta”. Luego, compartía su historia con todos: en medio de la confusión de las bombas, ella y su amiga se separaron, a la amiga le cayó una lacrimógena cerca, se asfixió, se desmayó, perdió cartera, celular, todo, y fue auxiliada por un grupo de personas que le prestaron su teléfono para que pudiera llamar a alguien conocido. Suena anecdótico, parece baladí, no entra en las estadísticas, pero es parte de las pequeñas pérdidas a las que se exponen quienes van a cada manifestación.

IV

En Chacaito ya la dispersión de la marcha había sido total. Sorprendidos se encontraron David Smolansky y Maria Corina Machado, cada quien con un grupo de personas, que convergieron al final de la Francisco de Miranda. Hablando bajito Smolansky y tapándose la boca con el brazo Maria Corina, cual reunión pitcher – cátcher, intentaban ponerse de acuerdo sobre la decisión a tomar: si seguir a Altamira o intentar trancar la autopista en Las Mercedes. Calculando cuanta gente tenía cada uno y viendo qué podían hacer con ella, se fueron por la segunda. Se les había adelantado un grupo, que ya se encontraba abajo, enfrentándose a la Guardia, que tenía allí su rinoceronte. Casi media hora duró la confrontación, en la que lacrimógenas y molotov iban y venían, hasta que la GNB dijo ‘hasta aquí’ y eso fue una andanada de bombas, la una cayendo más lejos que la otra y llegando casi de la autopista a Chacaito.

No estuvo tan dominante en Altamira, donde el grueso de la manifestación, la no-dirigida, tumbó nuevamente las rejas del aeropuerto militar La Carlota e hizo retroceder a una tanqueta. La respuesta fue plomo disparado al aire, y metras, bombas y perdigones de frente a los manifestantes. Y así terminó el día en que dos mitos se cayeron.

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REVIEW: The Compound – Meanr Mynr

Por: Humberto González

El último EP de Meanr Mynr se encuentra entre la mala producción y la creatividad trivial. Una mezcla incoherente de sonidos y ritmos que no calan del primero al último segundo de la entrega. The Compound está compuesto por tres temas del músico oriundo de Denver, siendo “Soul Out” el tema que da inicio al corto EP. No es una atractiva invitación para escuchar más, ni mucho menos.

“Soul Out” es, sin más, una amalgama de pasajes en la guitarra con un ritmo que se mueve entre el hip hop y la música más electrónica. Tienen mucho que ver este tema con “Blasé” y “Stay Up”, el segundo y tercer tema, respectivamente, del EP. Y es que ninguno contempla una cohesividad conceptual palpable, ninguna intención de que la fluidez musical reine.

“The Compound” es una pieza para escuchar y dejar. Muy dificilmente de revisitar.

Music for

REVIEW: Music for Icebergs – Mike Sayre

Por: Humberto González

Mike Sayre se atreve a nadar en aguas profundas con su útlimo disco, que no es de tomarse a la ligera. Music for Icebergs es un álbum contemplativo, más que cualquier otra cosa. Un álbum que con 5 extensos temas logra comulgar su principal premisa: esta es, quizás, la música que escucharíamos en una situación de naufragio en un enorme bloque de hielo.

La música está hecha especialmente para escribir, o pensar o indagar. Quizás para dormir. “Génesis” sincroniza con el ambiente y dibuja durante 8 minutos el sonido quizás más experimental de todos. “Fimbul”, sin embargo, es un quiebre, en el más puro sentido de la palabra. El sonido del agrietar, el eco del escenario, nos lleva hacia el momento.

“Antrophocene” es otro tema digno, no solo por la labor que ejerce de sumergir al que escucha, sino por su cualidad completamente creadora en el momento.

Ya para los últimos 20 minutos del álbum, “Floes/Flows” y “Elegy” se presentan como la pieza segura para cerrar. Un concepto que se apega al pie de la letra de lo que Sayre ha propuesto desde un principio. El neoyorquino ofrece en “Music for Icebergs” un compendio de 4 dramas intensos sobre la soledad y la tempestad. “Elegy” es un temazo, que presenta por primera vez, a lo largo del álbum, una necesidad de redimir eso que no es posible a través de los meros ambientes.

https://soundcloud.com/mikesayre/fimbul

Chamo - PNB

“No me considero un héroe”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Tenía los trazos de un adolescente delgado, pequeño y sin camisa, que aguantó con bravura el envión de dos policías nacionales armados hasta los dientes. El muchacho se levantó, los encaró y les escupió la rabia de todo un país”. Así narró el escritor Rodrigo Blanco Calderón el momento que hizo famoso a Gustavo, un joven actor de 23 años que el pasado 08 de abril se enfrentó a tres efectivos de la PNB. Inmortalizado en un video que se hizo viral por redes sociales, ese hecho es el responsable de que el 27 de abril, en Altamira Sur, esté firmando gorras tricolor. Lo hace con la mano temblorosa, tras confesar que es primera vez que le piden algo así. “Es para mi nieto”, le dice la mujer que le hace la petición. “Sería un orgullo que fuera tan valiente como tú”, continúa. Esos y otros elogios, seguidos de peticiones de fotos, suceden luego de que se baja del camión desde el que leyó unas breves líneas que escribió sobre la situación del país, en el marco del homenaje que se le rinde a José Pernalete. Es allí cuando OJO logra hablar con él.

-Relátame en tus propias palabras el momento en el que te enfrentas con los oficiales de la PNB

-En ese momento yo estaba muy indignado, la manifestación había echado para atrás y yo me quedo solo adelante con una amiga, frustrado. Sentí que la indignación que tenía en ese momento era la indignación de toda Venezuela. Indignado, comencé a gritarles a los policías hasta que ellos se acercan y me empujan. Mi reacción en ese momento fue esa. No supe de qué otra manera responder. Me paré y pasó lo que pasó.

-¿Estabas solo?

-Yo estaba con una amiga y había otro chamo allí. Alguien anónimo que no conocía.

-¿No tuviste miedo?

-No. No tenía miedo.

-¿Qué sucede después, cuando ya el video se corta?

-Después de eso le digo a mi amiga: ‘vamos a retirarnos porque aquí no hay nadie’. En eso corremos hacia El Bosque y la tanqueta con las motos avanza hacia nosotros. Nos emboscaron pero al final se dieron cuenta de que no podían hacernos nada porque no teníamos nada. Mi amiga tenía marcadores en su bolso, yo estaba semi-desnudo.

-¿Cómo te enteras de la existencia del video?

-Yo me entero al día siguiente porque alguien me manda un mensaje en instagram y me dice ‘¿eres tú el del video?’, yo digo ‘¿qué video?’, y cuando me meto veo que sí y digo ‘wow: se hizo viral’. Nunca fue mi intención que se viralizara esa imagen; y bueno, ahorita soy un símbolo, a pesar de que yo siento que sigo siendo yo: un venezolano más que sale todos los días a reclamar sus derechos por la protesta pacífica.

-¿Qué dijo tu familia cuando vio el video? ¿Se asustaron?

-Mis padres son como cualquier otros padres. Al principio estaban nerviosos, pero después me entendieron. Ellos me han entendido a través de toda mi lucha. Estoy en esto desde 2014.

-¿Te cambió en algo la viralización del video? ¿Ganaste seguidores en redes o algo así?

-No. Mis redes sociales están privadas. El cambio fue en mí, en mis acpectos personales, en creer más en la lucha que estoy llevando.

-¿Te sientes un héroe?

-No me siento un héroe. Quiero que Venezuela se sienta, sienta el heroísmo por ella misma, no que me vean como símbolo.

-¿Qué mensaje le darías al país en este momento?

-Que sigamos luchando por la Venezuela que queremos, porque se puede lograr. El régimen quiere criminalizarnos y frenar la protesta. Sigamos adelante luchando por nuestra libertad.

-Si nuevamente tuvieras en frente al PNB que te empujó, ¿qué le dirías?

-Les diría que piensen bien si su trabajo vale más que mi vida o la vida de cualquier venezolano que ellos reprimen.

GaBso

Review: Made we wanna change my name – GaBso

Por: Humberto González

El último EP de GaBso es una amalgama de sonidos y géneros que, por mucho esfuerzo, producción y dinero, no llegan a concretarse en un concepto atractivo, mucho menos en ser música con contenido memorable. Este último trabajo musical del israelí es, sin embargo, un trabajo con un esfuerzo si bien no tan notable, entendible.

El EP comienza con “Where I’ll Put My Shoes”, un tema con beats y sonidos que referencian al dubstep más clásico, pero acompados de la voz pulcra, limpia y afinada de GaBso. Sin embargo, los temas que le siguen caen no solo en una repetición aburrida y tediosa, sino que son acompañados por letras vacías y lugares comunes de la música sin corazón. “Words Words Words Words” es un ejemplo claro de ello, en donde la repetición de la palabra es quizás lo más poético del tema.

“789” da cierre a un EP con pocas cosas positivas que decir. Un disco que no llega a calar en ningún frente.

GNB

Así asesinaron a Juan Pablo Pernalete

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A Juan Pablo Pernalete lo asesinó un Guardia Nacional. En ello coinciden todos los testimonios recogidos ayer en Altamira, donde se llevó a cabo un homenaje simbólico en su memoria. “Lo puedo jurar por mi vida, porque yo lo vi”, dice Elios Jaspe, testigo directo de la muerte del estudiante de la UNIMET. Lo mismo aseguran otros dos manifestantes que se encontraban en el lugar: “Allí no habían efectivos de la Policía Nacional Bolivariana. Sólo Guardias Nacionales”. De ese modo desmienten la versión dada por Diosdado Cabello en su programa de televisión, en el que aseguró que en ese momento no había efectivos de la Guardia Nacional en Altamira.

“La diferencia es que Diosdado estaba cómodo en su casa, mientras nosotros estábamos aquí en la calle. Yo lo vi”, replica Jaspe, estudiante de la Universidad Santa María. Su testimonio es el más esclarecedor de todos, ya que se encontraba cerca de Pernalete cuando lo asesinaron. Para ese momento, ya los manifestantes de la marcha opositora, que había comenzado a ser reprimida en El Rosal, habían desalojado la autopista Francisco Fajardo por el Distribuidor Altamira. La mayoría se encontraba en la Plaza Francia.

Cuadras más abajo, un grupo de jóvenes se enfrentaba a la Guardia Nacional en las avenidas Sur Altamira y Del Ávila (San Juan Bosco y Luis Roche, se llaman, respectivamente, de la Francisco de Miranda para arriba). El grueso de los jóvenes estaba en la Sur Altamira, que es donde usualmente se suele concentrar el mayor número de ellos. Pernalete y Jaspe estaban en la Del Ávila. “No creo que hayamos habido 30 personas”, relata Jaspe del grupo que estaba allí. El enfrentamiento se estaba llevando a cabo casi a la altura de la Torre Británica, en el paso de cebra, donde había un piquete de la Guardia Nacional. Pernalete se encontraba próximo a la esquina. Entonces, por la calle José Félix Sosa (donde se encuentra dicha torre) aparecieron de imprevisto tres efectivos de la GN: “Los tres guardias salieron de esa esquina y dispararon a quemarropa bombas lacrimógenas de las plateadas grandes. Juan Pablo cae desmayado y automáticamente los jóvenes que estaban cerca de él comenzaron a pedir ayuda. Lo cargaron dos locales más arriba y lo montaron en una moto para llevarlo a Salud Chacao”.

“A él le dieron allí, en la esquinita”, cuenta otro joven que se encontraba presente, y que accede a hablar en condición de anonimato. “Eso fue de repente. Los Guardias aparecieron disparando con escopeta. Le dispararon a menos de cincuenta metros. De frente al pecho. Era una bomba de las más duras, tipo cilindro, que son de las más grandes”, explica. “Cuando él cae, nosotros tratamos de auxiliarlo. Entonces, allí a mí me agarran unos Guardias, me dan dos cachetadas, me roban el teléfono y luego me sueltan”.

“Yo pensé que era otro desmayado más”, explica una mujer que trabaja en la zona, que vio cuando a Juan Pablo lo llevaban cargado. Ella también confirma que era la Guardia Nacional la que se encontraba allí. La acompaña una vecina de Altamira Sur, que muestra el cartucho de una lacrimógena que aterrizó en el pasillo de su edificio. “Ese cayó en el piso 3. Ese día la represión fue muy fuerte acá. Echaron bombas en los edifcios”.

DISPARAN LAS BOMBAS DE FRENTE

Según denuncian algunos de los jóvenes que se encuentran en la primera línea de las manifestaciones, disparar bombas lacrimógenas de frente se ha convertido en una práctica común desde hace poco más de una semana. “No lo hacen para dispersar, sino para lastimar”, denuncia un joven que fue víctima de esta práctica. El yeso que le cubre el brazo del hombro a la muñeca es la prueba: “A mí me dispararon una lacrimógena directamente al brazo: lo tengo fracturado en 5 partes, y además me agarró una vena. No me desangré de milagro. Si me hubieran dado en la cabeza, me hubieran matado”, dice. Sucedió en la marcha del 19 de abril en la autopista Francisco Fajardo. “Me dispararon de arriba. Yo estaba en el nivel de abajo, y de arriba me dispararon. Fue mandada directamente, a quemarropa prácticamente. Quien lo mandó fue el General de ellos, uno que siempre anda con una capucha, un sweater negro y unos lentes de sol”.

Otra víctima de esta práctica fue Román Camacho, videógrafo de La Patilla, quien en la marcha del 10 de abril sufrió una fractura de tibia por el impacto de una bomba mientras cubría la manifestación: “Recibí el impacto de una bomba lacrimógena disparada por la GNB mientras reportaba. Disparaban las bombas directamente a las personas violando todo procedimiento para control de manifestaciones y uso seguro de esos equipos”, relató en ese momento.

¿USÓ LA GNB OTRA ARMA?

En la mañana de hoy, el diario oficialista ‘Últimas Noticias‘ publicó una información según la cual no habría sido una lacrimógena sino una pistola de perno el arma usada para asesinar a Juan Pablo. La versión, obtenida de una fuente judicial anónima y lanzada en primera plana y como titular de apertura, está basada en las conclusiones preliminares de la Unidad Criminalística del Ministerio Público, quienes dicen que el rastro de la herida “es similar a la que deja una pistola de perno cautiva”, pero no agregan (ni concluyen) más. De momento, de parte del Ministerio Público no ha habido ningún tipo de pronunciamiento oficial.

Versiones sobre el uso de otro tipo de instrumentos para reprimir, tales como disparo de cartuchos de bombas vacías, metras y monedas, han sido varias veces relatadas por los manifestantes, pero hasta ahora el equipo periodístico de Revista Ojo no ha podido obtener evidencias físicas que las confirmen.

De momento, una cosa es clara: Juan Pablo Pernalete murió cuando tres Guardias Nacionales entraron de sorpresa por la esquina noreste de la Torre Británica y dispararon. Si el arma homicida fue un rifle de lacrimógenas (como dicen todos los testigos) o una pistola de perno (como dice ‘Últimas Noticias‘) le corresponde al Fiscal 81 del Área Metropolitana de Caracas, encargado por el Ministerio Público para el caso, aclararlo.

OTROS TEXTOS SOBRE LAS PROTESTAS

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

-#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

-#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

-#19A: Un ataque criminal

-#20A: Historia de una post-marcha.

-#22A: La conquista del oeste

-#24A: Plantón a la violencia

-#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

-27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

PAZWEB

“Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Sólo una cosa pedía Arquímides para mover el mundo: un punto de apoyo; y sólo una cosa necesitó el equipo de protocolo de la Asamblea Nacional para mover el hemiciclo de Capitolio a Dos Caminos: tela. Fue a punta de ella (de metros o quizás kilómetros de tela) que las instalaciones deportivas del Parque Miranda terminaron convertidas en algo parecido a la sede del congreso. Arriba, abajo, a la izquierda y a la derecha, en todos lados había tela. Algunas cubrían las propagandas de la Gobernación de Miranda; otras intentaban (su carácter transparente hizo de ello algo fallido) tapar la sillería sur y simular así una gran pared detrás del podio; otras cubrían las barandas y otras colgaban de las luces para simular una bandera.

Mientras la decoración terminaba de estar a tono, y a punta de brazo y pride unos obreros intentaban sacarle brillo a la madera de los podios y escritorios, Juan Requesens se comía una bolsa de chocolate ‘Darks’; Ismael García, subido al carro de la popularidad, se tomaba una foto con Olivares y Pizarro a cada lado, que luego, entre risas, seguían su camino; Delsa Solórzano, que había llegado entaconada y maquillada, perdía por lo menos 10 centímetros cambiando de calzado; Juan Guaidó, ya canoso, grababa un storie; Omar Barboza chupaba un caramelo y ‘conspiraba’ con su grupo de UNT; Edgar Zambrano, hombre sombrío por excelencia, mostraba algo de entusiasmo hablando ‘off the record’ con una joven periodista; Tomás Guanipa declaraba ante los medios, mientras Alfonso Marquina y Richard Blanco esperaban a su lado el turno para ser consultados sobre prácticamente cualquier cosa por los colegas.

“El presidente de la AN nunca llega tarde: los demás son los que llegan temprano”, aclaraba, a modo de chiste, uno de los encargados de protocolo, para explicar el retraso de la sesión, que comenzó con media hora de después de lo previsto. Fue exactamente a las 11:32 cuando Julio Borges subió al podio. “Bienvenidos a su Asamblea Nacional”, dijo a la multitud que llenaba el estadio. “¿Hay quorum o no hay quorum, señor secretario?”, preguntó. “Hay más quorum que nunca”, le respondió éste, aunque probablemente no fuera cierto: aparte de la bancada oficialista (ausencia más que prevista), había 13 sillas de agencia de festejo vacías del lado opositor; 14, si contamos la del Vicepresidente de la AN, Freddy Guevara, que no era de agencia de festejo sino de un material mejor, y que se ocuparía a las 11:45, 13 minutos después de iniciada la sesión.

Aunque tres fueron los oradores (Ramos Allup –AD-, Guevara –VP-, Márquez –UNT-), el verdadero protagonismo lo tuvieron los dos primeros, siendo Freddy el mejor de todo. El problema de Ramos Allup (que subió aclamado y con el buen augurio de un ‘Henry te amo’, gritado por una espontánea) fue que estuvo muy teatral y exaltado (con manotazos al podio y todo). Soltó un ‘carajo’ y un ‘coñazo’ innecesarios y llevó la emoción a un extremo en el que esa voz de Rómulo  reencarnado comenzó a fallar. De sus infaltables (y sabrosas) criolladas, fueron ‘marrajos’ y ‘trapizonadas’ las que se le escucharon en el discurso, en el que no se ahorró adjetivos con nada ni nadie: Chávez (“culillúo visceral”), Maduro (“mermado de Miraflores”), la reserva (“esa tropa cómica y ridícula”), Tarek (“ocioso que defiende a todos menos al pueblo”), TSJ (“burdel judicial”). ¿El núcleo de su intervención? Que ‘la salida’ tiene que ser electoral y no militar; con votos y no con balas.

La entrada de Henrique Capriles sucedió (y no sería casualidad) al final del discurso de Ramos Allup, que bajaba del podio cuando el Gobernador de Miranda, entre un estruendo de aplausos y vivas, entró. Su llegada sirvió para que Borges hiciera la presentación de los demás políticos invitados, en la que inexplicablemente (o explicable porque había demasiada gente de Primero Justicia Sucre, quizás) Carlos Ocariz fue casi tan aplaudido como Capriles.

Tras la pausa de los saludos (durante la que Ramos Allup estuvo secándose afanosamente todo el sudor que le había dejado su exaltada intervención) llegó el turno de Freddy Guevara, quien probablemente pronunció ayer uno de los mejores discursos de su carrera y el mejor de la jornada. El Vicepresidente de la AN se creció y habló con una fuerza y una convicción tremendas. Sin ser precisamente un gran orador de tribuna y sin ser un mago de la retórica ni tener un montón de licencias y recursos bajo la manga, Freddy consiguió conectar y conmover a la gente, a la que constantemente interpeló. “Pueblo de Venezuela, ¿nos vamos a cansar? ¿nos vamos a rendir?”, preguntó al público, que siempre le respondió. El “¿se puede o no se puede?” es ya casi su grito (o pregunta) de guerra y tiene en la masa un poder enorme. Su discurso se centró en el llamado a la calle y a la resistencia (cosa previsible): “Si el  pueblo no tiene paz, que no haya paz para la dictadura”, dijo parafraseando a Emiliano Zapata, en la que fue una de sus frases más aplaudidas. Sin embargo, lo más interesante fueron sus palabras a los funcionarios públicos: ustedes, que no han cometido crímenes de lesa humanidad, no tienen que hundirse con Maduro y sus militares, todavía no es demasiado tarde para que rectifiquen y hagan lo que deben. La historia y nosotros se lo reconoceremos.

De Henrique Márquez, quien le siguió a Guevara, la historia dirá que habló y los hechos que nadie recordó nada de lo que dijo. Mientras que de Julio Borges (que estuvo tomando Gatorade toda la sesión y rechazó una Coca-Cola, ese vicio suyo) se dirá que causó más suspiros de alivio que nadie. Sobre el presidente de la AN sigue pesando tal estado de sospecha, que cuando la gente le escucha hablar firme y decir lo mismo que llevan semanas diciendo otros se emociona como si fuera cosa nueva y nunca antes escuchada. A él le correspondió leer el manifiesto de 7 puntos para restituir el orden constitucional en Venezuela. Se trata de un duro documento de rigurosa actualidad e imprescindible lectura. ¿Lo que generó más alivio en la gente? Escucharlo decir: “No vamos a legitimar a una dictadura ni vamos a caer en diálogos falsos. El diálogo está clausurado y fracasó por incumplimiento del gobierno”.

Por ello, cuando finalizó la lectura del Manifiesto y tocó votarlo, la gente, toda, levantó la mano. “Aprobado por unanimidad” fueron las palabras con las que cerró la sesión.

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“A Juan Pernalete le dispararon de frente”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

-Yo siempre estoy ‘cagao’ cuando salgo a marchar,

le comenta un estudiante de la UCAB a otro.

-Yo no. Yo entro en conciencia tarde, cuando ya está armado el peo y no me queda sino aguantar,

le responde su interlocutor.

La conversación tiene lugar en la calle Élice de Chacao, pasadas las 10 de la mañana del miércoles 26 de abril. Los estudiantes se concentran allí esperando instrucciones sobre la ruta a tomar para ir a la Defensoría del Pueblo. Es el sexto intento que hace la oposición de dirigirse al órgano de cuyo pronunciamiento depende que los magistrados del TSJ que disolvieron el parlamento puedan ser removidos y juzgados.

Para variar, la gente llega mucho después de la hora convocada. En ese momento hay apenas un pequeño grupo de universitarios, que difícilmente pasa de los 500. Se les identifica, principalmente, por los colores de sus franelas: rojo (UCAB), amarillo (USB), anaranjado (UNIMET), verde (UMA). Se les diferencia, porque están dispuestos a mostrar, sin mucha fanfarronería, sus temores. Es el caso de esos dos ucabistas. Uno de ellos estuvo a punto de no ir: su novia, cuenta, le alteró los nervios con mil advertencias apocalípticas antes de salir de su casa; al otro, fue su madre quien trató de detenerlo, pero, lo ya explicado: él entra en conciencia tarde.

Lo que ninguno podía prever es que todos esos  temores y aprehensiones se verían confirmados 5 horas después cuando alguien como ellos, estudiante universitario como ellos, probablemente allí concentrado como ellos, muriera por el impacto de una lacrimógena en el pecho, a cuatro cuadras de allí.

II

Fue tras un cónclave realizado en público y a pleno sol de mediodía, en el que participaron Freddy Guevara, Rafaela Requesens (UCV), Santiago Acosta (UCAB), el ex alcalde de Chacao Emilio Graterón y otras dos personas más, que se decidió que las concentraciones de Chacao y Altamira se unirían en Bello Campo y bajarían por el Distribuidor hasta la autopista Francisco Fajardo. Cosa impensable hace apenas unos meses, ya la principal arteria vial de Caracas (al menos un tramo de ella) es territorio opositor.

“¡Y ya llegó / y ya está aquí / el movimiento estudiantil”. “¡Maduro, Maduro / ése es el detalle / ¡hay que echarle bolas / pa’sacarnos de la calle!”. “Viva la u / viva la u / viva la u-ni-ver-si-dad”. “Muera la bo / muera la bo / muera la bota militar”. “No soy Capriles / no soy Maduro / soy estudiante / que lucha por su futuro”. Con esas y otras consignas marcharon los estudiantes, que para esta concentración no sólo estuvieron más animados y haciendo más bulla, sino también más organizados: se agrupaban tras pancartas y banderas, por universidad, y trataban de estar siempre juntos.

III

La represión esta vez se adelantó unos cuantos metros y no esperó a El Recreo, sino que comenzó a la altura de El Rosal. Rápidamente, el horizonte comenzó a ser surcado por parábolas y trazos de humo blanco que iban en todos los sentidos y a todas las direcciones. De haber tenido color, hubieran recordado, por su descontrol y abundancia, a la guerra de hadas de la Bella Durmiente. O quizás, para dejarlo en blanco, a una fuente mal calibrada cuyos chorros van a cualquier lugar. Adelante se estaba librando una dura batalla, sobre un asfalto cuyo calor permeaba las suelas de los zapatos. La Guardia disparaba y el primer frente recogía y lanzaba las bombas fuera de la autopista. Ésa era la dinámica, interrumpida a veces por el chorro de la ballena.

El sonido de las hélices del helicóptero de la Guardia, heraldo siempre de malas venturas, avisó pasada la una que en cuestión de minutos todo empeoraría. Ya en moto había pasado una mujer mayor con el rostro ensangrentado, producto del impacto de una bomba, y la escena de parrilleros heridos comenzaba a hacerse común. Entonces, comenzaron las bombas a caer más lejos (es decir: entre la gente) y fue menester retroceder. Había que hacerlo de espalda y aguzando todos los sentidos porque varias de las bombas eran de esas que salen con efecto y se mueven en varias direcciones. El desalojo de la autopista fue uno de los más rápidos (y violentos) de marcha alguna.

IV

Tras salir de la autopista, la protesta continuó en Altamira. De la Francisco de Miranda para abajo, estudiantes, jóvenes y encapuchados se batían contra la Guardia Nacional. De la Francisco de Miranda para arriba, el resto de los manifestantes, sin máscaras y con años encima, permanecía protestando.

Nilsa Peña (70) era una de ellas. Vive en el barrio La Morán, al oeste de Caracas. Al preguntarle por qué protesta recuerda inmediatamente a su esposo. “Era jubilado de la Policía Metropolitana, y cuando se enfermó no pude encontrar las medicinas. Caminé varias veces de Catia hasta Petare buscando sus medicamentos, no los conseguí y se murió”. Otra que recuerda a sus familiares, es una vendedora de ponqués, que a esa hora (y en todas las marchas) está allí con su hija. Es su modo de protestar y ayudarse. Se quedó sin empleo porque la empresa donde trabajaba quebró; y sin nietos, porque se fueron del país. “A mi hija mayor y a su esposo los secuestraron hace un año. Fue horrible. Después de eso se fueron con mis tres nietos. Por ellos también estoy aquí. Para que un día puedan volver”.

Mientras tanto, tres niños se bañan en interiores en la fuente de Plaza Altamira. Son hermanos, viven en La Vega, y están allí sin sus padres. Dicen que no le tienen miedo a la Guardia, porque no se meten con ellos. De su improvisada piscina (es decir: la fuente de agua de la Plaza) uno de ellos saca un cartucho e lacrimógena. Lo revisan, lo examinan, preguntan. La Guardia no se mete con ellos pero de los efectos de su represión difícilmente pueden escapar. Eso lo comprobó en carne viva Antonia Cifuentes (62), una vendedora de chucherías, que no por andar con su bandeja de golosinas encima se salvó de la PNB hace unas cuantas marchas. “Yo les dije: ‘yo vendo chucherías, yo vendo chucherías’. E igual siguieron disparando”. Es de Ecuador, pero vive en Antímano. En una buena marcha puede llegar a hacer hasta 100.000 bolívares, calcula. Y pudieran ser más si vendiera las chucherías viejas que le dejan prácticamente regalada. “No, pero imagínese. Nada más de pensar que alguno de los muchachos se coma unos tostoncitos viejos, y le duela la barriga y no pueda correr, eso me haría sentir muy culpable”.

Terminando la entrevista, una llamada informa que metros más abajo, Juan Pernalete, estudiante de la UNIMET, había muerto por el impacto de una lacrimógena en el pecho. La información llega casi en paralelo con el comentario de un joven que tras subir, quitarse máscara, guantes e implementos, exclama que ya es demasiado, y que hoy la Guardia ha venido con todo.

V

Son cinco los encapuchados que a las 5 de la tarde prenden un caucho en la Francisco de Miranda y trancan la vía. Son cinco, pero sólo dos acceden a hablar. Lo hacen con recelo, sin dar ningún tipo de información que permita identificarlos y sin que medie la grabadora, al lado de una soporífera llama que van alimentando poco a poco con gasolina. Dicen que hacen lo que hacen porque están hartos de la situación y no aguantan más. No tienen un discurso elaborado sobre la disolución de la AN o las sentencias del TSJ. Lo de ellos es la situación de la calle, lo difícil de la vida, lo mal que se ha puesto todo. No estudian, sino que trabajan. Ambos tienen 24 años. No son de la zona, sino de sectores populares en los que, juran, el gobierno ha perdido ya todo el apoyo que tenía. No manifiestan allí porque la amenaza de las balas todavía intimida. En Altamira se sienten seguros y prometen defenderla hasta el final.

Del asesinato de Juan Pablo Pernalete no estaban enterados. Cuando les informo, comienzan a hacer memoria. “Un chamo grande, moreno”, recuerda uno de ellos. Ninguno vio el momento del impacto, pero sí cuando se lo llevaban. “La Guardia nos está disparando las lacrimógenas de frente”, denuncian. “O entre las piernas”. Y comienzan a enumerar casos de piernas quemadas, rótulas sacadas y tobillos esguinzados de conocidos a los que una bomba les ha llegado directo. La práctica, denuncian, no fue de hoy nada más, sino que tiene tiempo. “Al principio no era así. Pero ahora lo están haciendo de esa manera”.

Cuando les pregunto si no les da miedo manifestar, uno de ellos me hace una confesión: “Hermano, hoy mi mujer me dijo que está preñada. ¿Y sabes qué me da miedo? Que mi chamo vaya a nacer en un país así. Eso sí me da miedo. Por eso sigo aquí”.

VI

A Juan Manuel (nombre ficticio) llego por la gran lesión que tiene en el brazo, y es en principio sobre ella que lo entrevisto. Tiene 23 años, y esto es, nuevamente, lo único que accede a revelar, para no comprometerse.

-¿Qué fue lo que te pasó en el brazo?

-Eso fue en la marcha del 19 de abril. Ese día la gente entró en pánico porque los Guardias vinieron pa’lante a reprimirla y ellos no podían echar para atrás. Nosotros estábamos adelante defendiendo la marcha y nos empezaron a disparar directamente las lacrimógenas. Lo hacían para lastimar y no para dispersar. Y me dispararon al brazo. Si me hubieran dado en la cabeza, me hubieran matado: tengo el brazo fracturado en 5 partes, y además me agarró una vena. No me desangré de milagro.

-¿Te dispararon qué?

-Una lacrimógena. Fue mandada directamente, a quemarropa prácticamente.

-¿En la autopista Francisco Fajardo?

-Sí. En la Fajardo en la marcha del 19 de abril.

-¿Estabas en el nivel de arriba o en el nivel de abajo?

-Me dispararon de arriba. Yo estaba en el nivel de abajo, y de arriba me dispararon. Y quien mandó a que me dispararan fue el General de ellos, uno que siempre anda con una capucha, un sweater negro y unos lentes de sol.

-¿De la PNB o de la Guardia Nacional?

-De la Guardia Nacional.

-¿Y no te da miedo seguir protestando después de eso?

-No. Si hay que morir nosotros estamos aquí para meter el pecho.

-¿Qué dice tu familia?

-Mi familia está fuera del país y no me puede decir nada. Yo soy el único que está aquí.

-¿Y pudiéndote ir no te has ido?

-Yo no me voy a ir hasta que este peo no acabe. Si este peo acaba, yo me voy. Y me voy tranquilo. Pero hasta que este peo no acabe yo no me voy a ningún lado. Voy a luchar hasta que me maten.

-¿Sabes que acaba de morir un estudiante de la UNIMET de un impacto de lacrimógena?

-A él lo mataron ahorita, porque le dispararon de frente. Yo estaba allí. Y fue de frente que le dispararon. Fue un crimen de lesa humanidad, porque ellos no pueden disparar las bombas lacrimógenas de frente, y lo están haciendo.

-¿A qué hora fue eso?

-A las 2:30.

-¿Dónde?

-Aquí mismito. En la parte de abajo de la plaza.

Las detonaciones, provenientes de allí precisamente, le ponen fin a la entrevista. Ya no suenan tan inofensivas. Una de ella acabó con la vida de Juan. La gente corre hacia nosotros, y a nosotros nos toca correr. Hoy todos, como el muchacho de la UCAB, entramos en conciencia tarde: la muerte está a la vuelta de la esquina, o al impacto de una bomba.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTAS

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

-#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

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#10A: La resistencia continúa

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-#24A: Plantón a la violencia

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