GUARDIAWEB

¿Qué piensa un Guardia Nacional?

Por: Emmanuel Rincón | @emmarincon

Llevo semanas tratando de descifrar este misterio, ¿qué piensa un Guardia Nacional?, ¿cuáles razones lo empujan a amedrentar a sus iguales,  golpear salvajemente a jóvenes, y asesinar sin contemplación al hijo de una madre que bien podría ser la suya? Luego de observar las aberrantes imágenes donde una treintena de guardias patea, arrastra, tortura y sacude en el piso a un manifestante indefenso en el Estado Anzoátegui, aquella pregunta interna se hizo más fuerte: ¿qué pasa por la cabeza de un sujeto que ve a un ciudadano débil y desprotegido siendo atacado por compañeros suyos armados, con cascos, rodilleras y petos, para en vez de auxiliarle, ir a amedrentarle más? Desde el punto de vista psicoanalítico no bastaría un solo artículo, habría que dedicarle libros enteros para poder hacer introspección en los móviles de cada uno de ellos; pero, fuera de los móviles particulares, hay uno que les corroe el alma a todos, y es el odio, pues no puede haber otra razón para tamaña crueldad si no es la del odio por el odio.

La semana pasada me encontraba en uno de los puntos de tranca a la altura baja de la avenida Carabobo en San Cristóbal, cuando un grupo de Guardias Nacionales Bolivarianos (aproximadamente 100 motos) llegaron a dispersar a los manifestantes. Las señoras mayores intentaron negociar con ellos haciéndoles ofrecimientos de café y merienda, pero fueron corridas ante las amenazas de soltar gases lacrimógenos; la voz de mando en el pelotón ordenó entonces que no quería ver manifestantes en cinco minutos o comenzarían a sonar las armas. Un joven encapuchado se acercó y le dijo:

  • Pana, nuestra batalla no es contra ustedes, es contra el gobierno, ¿qué no ve que sufrimos los mismos padecimientos? Estamos aquí por sus hijos también, por la comida de sus hijos, por la educación de sus hijos, por la medicina de sus hijos.
  • Mis hijos no se meten en esta mierda, y arranque antes de que le encienda el culo a pata —le respondió el capitán apuntándole el escopetín a la cara.

El manifestante se dio media vuelta y rápidamente soltó a correr, mientras uno de los que secundaba al capitán disparó una lacrimógena que le rozó la espalda. No hubo forma de negociar. Los intentos de dialogar fueron infructíferos y en cuestión de minutos los gases y los perdigones habían inundado la zona. Se supo lo que pensaba el capitán, quien presumía en su muñeca izquierda de un reloj que a leguas se veía costoso, pero no así el resto de la tripulación.

Algo similar sucedió en la marcha realizada hacia el Cuartel Bolívar de San Cristóbal el pasado 24 de junio. Yo llevaba mi cámara y tomaba fotografías, mientras algunos voceros de la sociedad civil intentaban dialogar con los guardias para que pararan la represión. Uno se me acercó y me gritó:

  • ¡Guarda esa mierda antes de que te la rompa a plomo!

Allí no hubo oportunidad de dialogo. Al verlo supe que aquel sujeto no escucharía ningún argumento: su rostro estaba plagado de violencia e ignorancia, su mirada se veía pérdida, lejana y vacía, como si en el cuerpo solo quedara un espectro del alma que antes habitó. Las probabilidades de que mi cámara acabara estropeada en el suelo y yo con un perdigón en el cuerpo eran mucho mayores a las de hacer entrar en razón al gorila: esos sujetos están acostumbrados a la orden por medio de gritos, a la obediencia sin juicios, llevan años sumergidos en cuarteles y operativos en los que sus mentes se han acostumbrado a que un componente establezca un objetivo y todos los demás escuchen y cumplan sin importar las circunstancias. Son seres humanos que han perdido la capacidad de análisis y de deliberación, pues las decisiones ya han sido tomadas por otros, y ellos solo asienten. Sus patrones de conducta están condicionados por el odio y la manipulación ideológica: las Fuerzas Armadas están tan desligadas de la sociedad civil, que en sus cuarteles se ha implantado la idea de que esta es una lucha de militares contra civiles, y al verse en minoría naturalmente la fuerza y la aberración es lo único que les queda. Luchan por sobrevivir, creyendo perdido cualquier otro destino.

Han pasado 18 años desde que el Teniente Coronel del Ejército, Hugo Chávez Frías, asumiera la presidencia de la República. Han sido 18 años en los que el discurso de odio se ha repetido día tras día por medio de los voceros del gobierno, instaurando una lucha de clases en Venezuela. Son más de seis mil amaneceres repitiendo una y otra vez lo mismo: destruir a los apátridas, a los antirrevolucionarios, a los burgueses, imperialistas, basuras, traidores; los militares no están exentos de esta lucha, la mayoría de ellos, los que aún no gozan de promociones, viven bajo condiciones paupérrimas, alejados de sus familias, sin dinero ni alimentos, trasnochados, con una armadura encima, viendo a los transeúntes pasearse con sus vehículos y esposas; a esa mayoría la única esperanza que les queda es la de esperar a que pasen los años y tomar el puesto de su superior inmediato, a ver si así pueden comprarse los relojes que ellos tienen, los autos que ellos tienen, y manejar los negocios que ellos manejan. La obediencia y la crueldad no forman parte de un guion, sino de un resentimiento, de un abuso de poder que ha condicionado la mentalidad del grupo de uniformados, y que los ha llevado a pensar que disparándole un plomazo al rostro de un estudiante veinteañero están defendiendo a la patria.

No se crean, detrás de toda esta guerra sin cuartel los intereses económicos también priman: suficiente se ha hablado de las “detenciones cobradas en dólares” por miembros de los cuerpos de seguridad. El odio no es de gratis, son dosis que van bien recompensadas. Naturalmente todas estas eventualidades carecen de justificativos, cualquier hombre bien equilibrado sabría que golpear a un tercero no es la solución a los problemas; otro que ha atravesado campos más difíciles, y con mayor honorabilidad, jamás avalaría que treinta individuos con armaduras golpeen a uno que anda sin ellas. Aquello es sinónimo de una cobardía encubierta y lo cierto es que por estos momentos el odio no dejará de existir, el resentimiento no dejará de existir, la lucha de clases y condiciones sociales no dejará de existir, y las protestas y los intentos por restaurar la República tampoco, ¿entonces qué queda?, ¿cómo se va a resolver este conflicto? La respuesta es incierta. Lo que sí parece estar claro es que los militares no colgarán sus fusiles ni los entregaran al bando contrario: ya hay mucha sangre en sus botas y mucho odio en sus corazones; solo queda seguir bregando, seguir luchando para encontrar un cambio que no propiciarán los uniformados, sino la sociedad civil venezolana, que es la única capaz de recuperar la República que yace perdida desde hace un par de décadas.

COSTI

¿Y si aprueban la constituyente?

Por: Emmanuel Rincón | @emmarincon

¿Qué esperaban, una exploración argumentativa sobre los puntos legales que plantean ser demolidos por la nueva constitución? Pues no. Eso hoy día no existe, porque para poder analizar jurídicamente una normativa legal necesitamos de una propuesta “jurídica”, valga la redundancia, y al día de hoy el gobierno no ha expuesto tal cosa, únicamente ha ventilado los propósitos “políticos” de la misma:

  1. Ganar la paz, aislar a los violentos y reafirmar los valores de justicia y la no impunidad.
  2. Ampliar y perfeccionar el sistema económico venezolano.
  3. Constitucionalizar todas las misiones sociales.
  4. Potenciar el funcionamiento del sistema de justicia, seguridad y protección del pueblo.
  5. Impulsar las nuevas formas de “democracia participativa y protagónica”.
  6. Impulsar la política exterior soberana de defensa de nuestra integridad.
  7. Impulsar la identidad cultural, la “nueva venezolanidad”, y la “nueva espiritualidad del país”.
  8. La garantía del futuro para la juventud.
  9. El cambio climático, la supervivencia de la vida en el planeta.

Analizando el entramado de los nueve puntos a destacar difundidos por el gobierno, muchos se preguntaran: bien, ¿y esto cómo cara… me afecta? Siendo un poco más claro, valdría la pena decir que este “nuevo ordenamiento jurídico” afectará en poco nuestra vida social y política. ¿A qué me refiero con esto? ¿Es que acaso los puntos propuestos necesitan “legalizarse” para entrar en vigencia? ¿Acaso el gobierno no nos ha coartado ya el acceso a elecciones democráticas y ha vulnerado la actual constitución de todas las formas posibles? Entonces… ¿en qué nos afecta realmente la constituyente?, ¿qué cambiaría en caso de ser aplicada? Yo diría, en poco o nada… ¡sí!, leyeron bien, en poco o nada; con esto no quiero decir que debemos restarle importancia a la imposición a la fuerza de la misma, ni mucho menos que debemos tomárnoslo a la ligera, sino todo la contrario: la razón por la que esta constituyente no afectará nuestra vida social es porque la constituyente ya fue aplicada en Venezuela desde hace mucho tiempo: hace años que no vivimos bajo el ordenamiento jurídico que adornan los títulos oficiales del país, nuestra Constitución actual es una caricatura con la que el oficialismo juega a la República, mientras el comunismo es aplicado de manera desfachatada.

No obstante, y a pesar de que las relaciones jurídicas en Venezuela podrían variar poco —prácticamente hablando—, hay un par de puntos a los que debe prestársele mucha, mucha, muchísima atención:

  1. Ganar la paz, aislar a los violentos y reafirmar los valo… —politiquería, ignórenlo.
  2. Ampliar y perfeccionar el sistema económico venezolano —los invito a reírse con este punto.
  3. Constitucionalizar todas las misiones sociales —politiquería, las misiones sociales no necesitan carácter constitucional para ser aplicadas.
  4. Potenciar el funcionamiento del sistema de justicia, seguridad y protección del pueblo —legalizar la persecución y encarcelamiento de líderes políticos y activistas opositores, ¿importa?, ¿acaso ya no someten a quien les da la gana?
  5. Impulsar las nuevas formas de “democracia participativa y protagónica” —este es uno de los caracteres más vinculantes, la alteración de los circuitos electorales y el Estado Comunal; oficialmente no se ha aplicado, pero las elecciones en Venezuela no existen actualmente, es solo la consolidación de lo que ya viene sucediendo.
  6. Impulsar la política exterior soberana de defensa de nuestra integridad —más amor y regalos a Cuba, más insultos a Estados Unidos.
  7. Impulsar la identidad cultural, la “nueva venezolanidad”, y la “nueva espiritualidad del país” —ojo, mucho ojo a este punto; desde que entrara Hugo Chávez al poder los ritos santeros y paleros se han popularizado en Venezuela, sobre todo en las Fuerzas Armadas y círculos bolivarianos; ya hace más de una década que Fidel le advirtió al comandante que la religión es indispensable para controlar a los pueblos, y desde el 2000 ya era notoria la separación entre el gobierno actual y la Iglesia Católica, por lo que los asesores de La Habana le indicaron al jefe de la revolución que debía dejar penetrar nuevos ordenes religiosos al país; allí cobraron fuerza los Testigos de Jehová, los Evangélicos, los Yoruba, entre otros; a muchos venezolanos de las clases bajas les han hecho creer que estas religiones le aseguraran el éxito económico y que su proliferación está directamente ligada a los destinos de la revolución; dentro de la politiquería, esta es una politiquería peligrosa y radical. Hay que tener mucho cuidado con esto.
  8. La garantía del futuro para la juventud —¿Escucharon lo de la chamba juvenil? Saquen sus propias conclusiones y ríanse un poquito.
  9. El cambio climático, la supervivencia de la vida en el planeta —ríanse otro poquito, pero nada más otro poquito. Un gobierno que no puede ni alimentar a su población, que ha dejado que sus playas se inunden de petróleo, que por la negligencia y falta de inversión condujeron a la catástrofe de Amuay, quiere alertar sobre el deterioro del planeta.

Ya hace cinco años que me recibí de abogado en la Universidad Católica del Táchira, a la que los especialistas en derecho y juristas destacados solían mencionarla como la mejor casa de estudios en el país junto a la UCAB (en cuanto a leyes se refiere), ¿y quieren saber de todas las cosas aprendidas en la universidad cuantas son vinculantes hoy en día, cuantas se aplican tal cual como los dogmas jurídicos establecen? Bueno, supongo que ya todos tienen la respuesta a esa pregunta. En conclusión, la constituyente es nada más que una bolsa de politiquería con manifiestos extremistas, jurídicamente su aplicación no va a alterar en demasía las relaciones sociales del país: ya estamos inmersos en un Estado de derecho de terror, dicho por la Fiscal General de la República. Sin embargo, la finalidad de este despropósito jurídico es la de implementar la fuerza por encisma de la voluntad popular, y la necesidad de impedir a como dé lugar que dicho despropósito sea aplicado tiene poco que ver con la legitimidad del régimen: el gobierno venezolano ya está deslegitimado internacionalmente y también puertas adentro, nadie tiene dudas de que estamos bajo una dictadura.

Anteriormente, a pesar de las irregularidades políticas y jurídicas, el oficialismo podía escudarse bajo el sometimiento a votación de los cargos públicos, y de hecho, las razones por las cuales los líderes opositores no se habían atrevido a consolidar una agenda de calle tan intensa como la presentada en los últimos meses, era porque siempre hubo la falsa creencia de que de este gobierno iba a salir con votos, y que con el descontento propiciado por sus propias políticas económicas calamitosas tarde o temprano esta historia acabaría. No obstante, el cierre de las “vías democráticas”, es decir, la vulneración de las elecciones, y la aplicación de una “constituyente”, finalmente les abrieron los ojos a muchos (incluyendo dirigentes políticos), para darse cuenta de que el camino de las elecciones no sería el que propiciaría la salida del régimen, y esa es la razón por la cual considero que la constituyente es el viacrucis del oficialismo y no de la oposición, porque la búsqueda de su implementación a la fuerza derivará en la reacción que termine sacándoles del poder; o al menos, eso pienso yo. Espero que el tiempo me dé —nos dé— la razón a los que compartimos opinión.

EXTRA WEB

16/07/17: Día D en Venezuela

16 de julio, domingo, día 197 del año, fiesta de la Virgen del Carmen, aniversario de la muerte de Celia Cruz, cumpleaños de Gareth Bale y día D en Venezuela: para esa fecha la oposición ha convocado un plebiscito que puede marcar definitivamente un punto de no retorno dentro de la lucha contra la dictadura. Se trata de un acto contundente de desobediencia, que desconoce ‘de facto’ la autoridad del Consejo Nacional Electoral (CNE), y se ampara en la legitimidad popular de la Asamblea Nacional para pasar a otro estado de lucha. “A partir de ese momento, dependiendo de lo que ocurra, iremos a una fase superior”, advirtió Julio Borges, presidente de la AN. Aunque no se definieron en concreto cuáles serían las preguntas del plebiscito, ya Borges adelantó por dónde irían: aprobación o rechazo de la Constituyente, rol de la FAN, y respaldo (o rechazo) a la renovación de los poderes y a la designación de un gobierno de unidad nacional elegido en las urnas. “A partir de este resultado inicia la hora cero nacional’”, advirtió el diputado Freddy Guevara, Vicepresidente de la AN. Y efectivamente. De aprobarse el punto 3, la AN terminaría nombrando nuevas autoridades en los poderes públicos y un gobierno de transición. Tendría para ello no sólo legitimidad de origen, sino también el respaldo de una consulta popular, lo que facilitaría el reconocimiento de la comunidad internacional, que es finalmente quien tendrá una de las últimas palabras: todos los escenarios apuntan a que habiendo dos gobiernos paralelos, los países tendrán que decidir a cuál reconocen como legítimo. ¿Y la Fuerza Armada Nacional? ¿Seguirá leal a la dictadura? ¿Apoyará al nuevo gobierno? ¿Se fracturará y una parte quedará con unos y otra con los otros? He allí el detalle.

NINOWEB

El niño y el periodista

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A fuerza de cubrir protestas que comienzan y terminan en Altamira y suelen suceder siempre en hora de almuerzo, el periodista se ha vuelto un cliente fijo del Carmelo Pizza de la plaza. Siempre que va pide lo mismo: dos ‘slices’ con un refresco. Pero la tarde del jueves, a falta de ‘slices’, tiene que cambiar la orden y pedir una pizza pequeña, lo que lo obliga a comer dentro del local. Cuando se sienta en la única mesa que está disponible, el niño se le acerca a pedirle un ‘triangulito’. Apenas se lo da, llegan otros dos niños con hambre. El periodista ve resignado cómo su pizza disminuye notablemente sin haber probado todavía el primer bocado.

Aunque los otros dos se van con su porción de pizza en la mano, el niño se queda de pie junto a la mesa. Se excusa diciendo que quiere secarse. Viene de la marcha y está empapado. Dice que tiene 12 años, pero bien podrían ser 8. Es pequeño y delgado, viste jean y franela, y lleva un bolso de PDVSA. En un momento se lo pone adelante, lo abre, y guarda en él un pedazo de la pizza. “Es la reserva”, le explica al periodista, que termina invitándolo a sentarse.

El niño tiene nombre de profeta bíblico y vive con su mamá y su hermana en Petare. Tenía un hermano, pero se lo mataron con apenas 15 años. La hermana está embarazada ahorita. “Vas a ser tío”, le dice el periodista, y al niño le cambia la cara. Se emociona, saca pecho, asiente y sonríe. Todavía está mudando de dientes. No va al colegio, pero sabe leer. Clarito descifra que en el chaleco del periodista dice prensa. “A mí no me gusta la prensa, porque nos toman fotos y se las pasan a Maduro para que nos lleven presos”, dice. El periodista le explica que eso no es así y que en todo caso no se preocupe porque él no toma fotos. “¿Tú trabajas para Televen o para Venevisión?”, pregunta entonces. El periodista le explica que él lo que hace es escribir. “¿Y quién lee lo que escribes?”. “Esa es la pregunta que yo me hago todos los días”.

El niño no entiende el chiste. Tampoco le importa mucho. Él lo que quiere ser de grande es pelotero. Dice que pitcha, y juega primera base y right field, pero la posición que más le gusta es la de inicialista. Al preguntarle por su jugador favorito, responde con un predecible Miguel Cabrera. Al consultarle si es caraquista o magallanero titubea unos segundos y suelta que de los Leones. El periodista tiene la impresión, por lo atento que lo ve el niño, de que solo espera notar el más mínimo gesto de desagrado para cambiar radicalmente la respuesta; por eso se le queda viendo fijo y en silencio. Tras un rato de sufrimiento, no aguanta la risa y le dice que muy bien, que siga por la senda caraquista y que mucho cuidado con llegar a cambiarse de equipo.

Llegados a ese momento, la pizzería está llena de encapuchados. La lluvia ha hecho que todos busquen refugio dentro. Hay más de ellos parados, que clientes en las mesas. Es una escena surrealista: señoras, señoritos y señores, todos de buena presencia, entre encapuchados descalzos y con recipientes con gasolina en las manos. Pasando por las mesas, sobre una patineta y con una pintura en espray en la mano, se pasea ‘Guarimbín’ un niño que según el día que se le pregunte dice que tiene 12 o 10 años pero aparenta como mucho 6. Amenazar a la gente con echarle pintura encima es su diversión, criticada por sus potenciales víctimas y celebrada por sus compañeros de rostro oculto.

Una pizza grande sale del horno de Carmelo y es puesta sobre una mesa. Es una contribución, un regalo que da alguien para los encapuchados. En menos de un minuto, de la pizza no queda nada. La escena es de todo menos elegante: diez o doce de ellos le caen encima, se pelean los trozos, la cortan como pueden, la aprietan en la mano. El queso y la salsa se escurren por doquier y el niño se lamenta por no haber llegado a tiempo. “¿Para guardarlo en un envase y no comértelo?”, le pregunta el periodista. “Es que yo no sé si vaya a haber comida en mi casa”, le explica el niño. En ese momento, un muchacho, al que le habían regalado una sopa, pasa exhibiendo un hueso de pollo cual si fuera un trofeo. El periodista piensa primero que se trata de una cosa supersticiosa, pero cuando el niño, todavía más triste que con la pizza, le cuenta que extraña el sabor del pollo, el cual tiene meses sin probar, lo entiende todo. “¿Y tú qué comes normalmente?”, inquiere el periodista. “Yuca, y a veces arroz”, responde el niño.

Cuando le pregunta por qué está allí en Altamira, el niño le cuenta que donde él vive hay muchos malandros y siempre que había una marcha llegaban cargados de cosas (“celulares, relojes, carteras y dinero”). “¿O sea que viniste fue a robar?”, lo interrumpe el periodista. El niño le dice que no, que él no roba, que eso son los malandros y él no es uno de ellos. Que lo que pasó fue que a él le pasaron el dato de que en Altamira regalaban cosas y por eso fue para allá. “¿Y a ti qué te han regalado?”. “Solo comida y estos zapatos”. Son marrones y nuevos. “Están mejores que los míos”, le dice el periodista. El niño se contenta, vuelve a inflar el pecho y a sonreir.

Una niña de ojos negros y cabello oscuro se acerca a pedir pizza, pero no queda nada. “Entonces dame refresco”. El periodista cede. La niña agarra el vaso con las dos manos y bebe fondo blanco. Se llama Anahí y tiene 10 años. “Nombre de cantante”, intenta elogiarla el periodista. “No. De princesa”, replica la niña. Es de los Valles del Tuy (“siempre vengo en ferro”) y tampoco estudia. Está allí con su hermano, un muchachito flaco y alto, que no pasa de los 12 años y es cero conversador. “¿Tú no sabes dónde regalan aquí la ropa?”, pregunta la niña. El periodista le dice que no tiene idea. “Bueno”, dice la niña y se va con el hermano silente.

Habiendo ya escampado, el periodista se levanta y se despide del niño. “No, espérame, yo me voy contigo”, le pide éste. “¿Adónde?”, pregunta el periodista. “Al metro, pues”, dice abriendo grande los ojos. El periodista no recuerda haberle dicho que iba al metro, pero igual lo espera. Andado un trecho, el niño devela sus motivos: “Es que si me quedaba solo, los grandes me iban a quitar toda la comida que tenía en el bolso. Si no vas al metro no importa”. Pero el periodista sí va al metro, así que caminan juntos.

A esa hora, la plaza Altamira está desolada. “Es que hoy reparten la caja, y hay muchos allá esperando”, explica el niño. “¿Qué caja?”, pregunta el periodista. “La del CLAP”. Al niño tampoco le importa mucho, porque a su casa no llega. “Aquí hay ‘ricachones’ que viven en apartamentos. Pero no todos son buenos: algunos no nos dan nada cuando les pedimos”, dice el niño cuando caminan por Los Palos Grandes. El periodista le explica que no todos los que viven por allí son ‘ricachones’ y no todos tienen dinero. “Pero tienen tarjetas”, le replica el niño. Entonces el periodista le explica que tener tarjeta no significa que haya dinero y que hay tarjetas que no  pasan, cosa que al niño le suena como un mito.

Cuando llegan al metro, el niño le pregunta al periodista si en su casa no tendrá alguna gorra. El periodista le dice que sí. “¿De esas que son pavas y grandes por adelante?”, pregunta el niño. “No. De las normales”, le replica el periodista. “Bueno, no importa. Igual la quiero”, dice el niño. “¿Y cómo hago para dártela?”, pregunta el periodista. “Yo me la paso por Altamira. Llévamela mañana”, indica el niño. “Pero mañana no hay nada”, le dice el periodista. “Bueno, cuando haya algo”. El periodista le promete que así lo hará y se despide. Desde ese día lleva siempre en su bolso una gorra por si lo vuelve a ver.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

#07J: Un titán que muere.

#19J: Deshonra en Altamira.

#22J: El día de la frustración.

#24J: “¡Los queremos vivos!”

#29J: La cámara revolucionaria

COWEB

La coherencia de la Fiscal

Es pésima oradora. No pronuncia bien las palabras. Parece que se queda sin aire. La voz se le vuelve un hilito. Tiene constantemente que hacer pausas. Bebe agua a largos sorbos. Pierde los papeles. Y a veces da la impresión de que tiembla. Luisa Ortega Díaz luce como cualquier cosa menos como una gran líder. Y sin embargo es quien ha tomado la cabecera de la rebelión institucional contra la dictadura. Para bien o para mal, esta historia no se va a poder contar sin ella. Pero que nadie se llame a engaños: la doctora Ortega es chavista, cree en el legado y siempre tiene a flor de labios una cita del Comandante. Su corazón es rojo-rojito y late por la izquierda. Eso hay que tenerlo claro. Pero no es lo importante ahorita. La cosa es que Doña Luisa, en lo institucional, está a la cabeza. Y lo consiguió a punta de comunicados mal leídos pero coherentes. Ese es el punto: la coherencia de Luisa Ortega. Puede que no con su pasado de Fiscal-ficha-del-gobierno, pero sí con su denuncia de la ruptura del orden constitucional. Desde el momento de su primer pronunciamiento, la Fiscal se ha mantenido, erre-que-te-erre, sobre lo mismo: no hay estado de derecho y los magistrados del TSJ son ilegítimos. Opiniones más, opiniones menos, eso es lo que dice siempre. “Quienes son ilegítimos son los magistrados del TSJ, que no aguantan una auditoría”, “Continuamos en la presencia de la ruptura del orden constitucional, se sigue violando la Constitución y desmantelando el Estado”, fueron dos perlas de la rueda de prensa de ayer en la que desconoció las sentencias del TSJ que le quitan potestades al MP. Lo resaltamos porque, desafortunadamente, no vemos lo mismo, a nivel discursivo, en los legisladores: ¿o acaso queda alguno que en sus declaraciones se acuerde, así sea de pasada, de seguir exigiendo la destitución del “pran” Maikel y del “tren” de magistrados-golpistas que disolvieron la AN, que fue lo que dio inicio a todo? Y no digamos ya de la olvidadísima declaración de abandono de cargo del presidente en enero pasado. He allí el detalle.

CAMARA

La cámara revolucionaria

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“¡Prensa, prensa!”, grita una mujer en la Francisco de Miranda. Son aproximadamente las dos de la tarde y la avenida capitalina, aunque sin tránsito, se encuentra completamente cerrada. Es el día 90 de protesta y la marcha de la oposición ya ha sido reprimida en El Rosal por la PNB. Fue una actividad menor, que salió tres horas después de lo pautado y caminó bajo un torrencial aguacero durante buena parte del tiempo. A Chacaito llegaron los más determinados, pero cuando intentaron cruzar el puente hacia Las Mercedes, un ejército de motos apareció lanzando bombas y los dispersó a todos. Todo fue tan rápido que de regreso la conversación de los periodistas versaba en torno al poco (poquísimo) material obtenido en el día. Es en medio de ella cuando nos interrumpen los gritos de la mujer.

“¡Prensa, vayan rápido: abajo tienen atrapados a unos estudiantes!”, nos indica la mujer. De inmediato, bajamos corriendo de la Francisco de Miranda a la Venezuela por la calle Mohedano para encontrarnos abajo con una legión de la PNB. Al llegar a la esquina, todos automáticamente detenemos el paso. Ese primer careo con la PNB suele ser tenso y siempre hay que llegar con cautela. Son además demasiados policías. Uno de los oficiales nos recibe disparando una bomba vacía al aire, que se estrella con las ramas de un árbol. Avanzamos lentamente entre ellos, para encontrarnos entonces con que a las puertas del BOD del edificio Centuria hay un grupo de estudiantes arrodillados y con las manos atrás. Visten la camisa amarilla de la USB y parte de sus pertenencias han sido vaciadas en el suelo. Detrás de ellos, dentro de la torre, hay cientos de espectadores silentes.

Mientras más nos acercamos, más hostiles se ponen los policías. No responden ninguna pregunta y detonan lacrimógenas a nuestros pies. Lo hacen, en principio, para nublar la visión de los fotógrafos. Los periodistas tenemos máscaras y no nos afecta tanto, pero los muchachos están arrodillados en el suelo y sin protección alguna, respirando todo ese gas. No son esposas de metal, sino de cuerda las que les atan las manos. De dos en dos los levantan del suelo y se los llevan a un camión que está estacionado frente a Juan Sebastian Bar. Una jaula es lo primero que pensamos. Pero luego, cuando alguno cruza la calle, se da cuenta de que es un camión 350: los detienen en una cava sin ventilación ni luz alguna.

Las bombas siguen detonando a nuestros pies y cuando algún fotógrafo se acerca a tomarle una foto a los últimos que se llevan, un PNB lo alza y arroja al suelo. Antes de cerrar las puertas de la cava, una bomba, otra más, detona muy cerca de ella. El humo lógicamente se mete entra en ella. Pero no importa. Igual la cierran y adentro dejan, como animales, sin luz y con gas, a los detenidos a los que se llevan sin rumbo conocido, dentro de lo que ya podría bautizarse como la cámara revolucionaria.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

#07J: Un titán que muere.

#19J: Deshonra en Altamira.

#22J: El día de la frustración.

#24J: “¡Los queremos vivos!”

ARMASWEB

Si no es con votos será con balas

Por: Emmanuel Rincón |  @emmarincon

Pongamos en contexto el título de este artículo: si no es con votos será con armas; repítanlo: si no es con votos será con armas; más lento: si no es con votos, será con armas. Las palabras de Nicolás Maduro brotaron en un momento en el que la estabilidad nacional es una morisqueta desconocida. Justo cuando los ojos del mundo reposan sobre sus hombros se atreve a dictar en televisión, frente a millones de personas, que de no alcanzar a sostener la revolución con votos lo haría con las armas. Si Pedro Carreño se atrevió a poner en entredicho la salud mental de la Fiscal Luisa Ortega por su actuar, ¿qué quedará para el timador de Miraflores quien se encuentra encendido en fuego y a consciencia empieza a rociarse con gasolina? Más que intimidar, lo que logró el presidente de la República fue desnudar su limitada capacidad de análisis político: en una coyuntura delicada, en la que mayor tacto debe tenerse debido a la asonada en los cuarteles, Nicolás sigue cavando su propia tumba llamando a las armas, cuando ha quedado claro que el pueblo lo que quiere es civilización.

El problema de concepción del chavismo es netamente ideológico y estructural. Resulta absurdo que tras 18 años en el poder sigan comportándose y hablando como guerrillas clandestinas de choque y no como jefes de Estado; se manifiestan como si fueran ellos los adversarios de una fuerza política y no el poder per se. Es por ello que constantemente eluden las culpas y tienden a ventilar conspiraciones que solo existen en sus cabezas. Resulta inaudito que tras casi dos décadas en el poder sigan con ese discurso selvático y revolucionario, con esa idea del poder por las armas, con ese temperamento de calentura y reacción, cuando el mundo lo que pide es relaciones civilizadas y formaciones políticas equilibradas sin extremismo.

Luego de que Nicolás Maduro anunciara que si no era con los votos sería con las armas, un batallón de la Guardia Nacional Bolivariana invadió el Palacio Legislativo, ese recinto sagrado en el cual se han aprobado todas las leyes que rigen nuestros destinos como nación —para bien o para mal—. Ese momento en el que un grupo de hombres armados intenta asaltar las competencias de otro grupo de hombres civilizados dispuestos a la ley, simboliza el rompimiento total no solo de las vías democráticas, sino de la cordura estatal; los miembros del gobierno llaman a la barbarie, se comportan como simios cuyo únicos argumentos para sostener el poder es la fuerza y no las ideas, y lo más triste es que no hay quien los saque del camino de la estupidez. El oficialismo pareciera no darse cuenta de que Venezuela está harta de la violencia, de las armas, del terror; que lo que el país necesita es paz —verdadera paz, no la que quiere imponer el gobierno a la fuerza—, acuerdos, coherencia, valores, democracia, elecciones, libertad, una economía sana; quizás son términos muy difíciles de procesar para una masa que tras 18 años de mandato solo han sabido invertir todo el dinero de un Estado en armas, drogas, y regalos; es por eso es que el país está como está, no hay forma en que el hijo vaya por la senda del bien cuando su padre se comporta como un despropósito; los secuaces del presidente de la República no se han terminado de percatar que los años 60’s quedaron atrás, esa época de revoluciones armadas y conspiraciones que llevaban a los hombres a perderse entre las junglas por años, para luego aparecer en calles y edificios dictando catedra de igualdad provocando muertes innecesarias.

Lo que ocurre en Venezuela hoy día ya no es asunto de ideologías políticas o cuestiones materiales, va mucho más allá: es la lucha de la razón contra el salvajismo, de los valores contra la corrupción, de quienes propagan la vida contra quienes llaman la muerte. El oficialismo ya ha dejado claro cuál será la vía que tomarán en caso de que los votos no los acompañen, y está muy claro que en efecto, los votos no los van a acompañar; la única alternativa que le quedan son las armas, el chantaje, la fuerza, la intimidación. La pregunta que hay que hacerse ahora es, ¿cómo va a reaccionar el lado opositor?, ¿seguirán poniéndole el pecho a las balas o buscarán vías alternas para detener la masacre anunciada?

DIAPERIODISTAWEB

El mejor oficio del mundo

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

El oficio de la lectura y la escritura, de las preguntas incómodas y las coberturas temerarias, del café y la hoja en blanco, del anonimato y el seudónimo, de las buenas historias y las que son difíciles de contar, del cierre de edición y el debate sobre la primera plana, del estrés y la adrenalina, de los apuntes ilegibles y la libreta entrañable, de los mil y un bolígrafos y la sempiterna grabadora, de los viajes en autobús y las aventuras en mototaxi. La profesión de Fallaci, Kapuscinski, Hemingway y García Márquez, de la credibilidad y los tubazos, de la calle y su gente, del olfato de perro y el ojo de halcón, de la pugna con el poder y las conversaciones off the record, del caso Watergate y los Diez días que estremecieron al mundo, del análisis y las conjeturas, de la verdad y el contraste, de los pueblos olvidados y los eventos mediáticos, de la ética y sus alrededores, de las bombas lacrimógenas y también las agresiones. El papel que todos juegan pero para el que pocos estudiaron, la escasa remuneración y el ninguneo oportuno, el amor al arte y el arte de la narración, la pasión de Leila Guerriero y la vocación de Salcedo Ramos, la importancia del seguimiento y los beneficios de la minuciosidad, las madrugadas interminables y los brincos de felicidad. 364 días dedicados al trabajo y hoy, que toca festejar, celebramos de la manera que más nos gusta: haciendo periodismo.

FOTO: Régulo Gómez

“¡Los queremos vivos!”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Aunque hubo militares retirados paseando sus uniformes y diciendo que muy pronto (“esta misma semana”) los cuarteles se van a declarar en rebeldía y van a forzar la destitución de Maduro; aunque las hijas de Lila y José Luis se presentaron con ‘jeanes’ apretados; aunque un diácono sin dientes le echó agua bendita a cuanto manifestante se le atravesó; aunque hubo cosas realmente pintorescas, lo verdaderamente importante de la manifestación del sábado fue el grito salido de las entrañas de miles de manifestantes (sobre todo madres) hacia los jóvenes encapuchados que constantemente se metían en La Carlota: “¡Los queremos vivos!”.
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Y es que al dinero, a la fama, a las drogas y a la ausencia de padres, hay que poner también, en la lista negra de cosas que deberían ser incompatibles con tener diecisiete años, el sentirse llamado a una misión heroica en la vida. A falta de prosperidad económica para vicios, es por ese derrotero por donde se está yendo parte de una generación de adolescentes que en este momento tienen la percepción de que sobre sus hombros (y sólo sobre ellos) está la misión de liberar a Venezuela nada menos que de una narco-dictadura militar. Y en esa especie de delirio sobre el Ávila (ya el Chimborazo queda culturalmente muy lejos), ellos, que son sabios e inmortales, como lo somos todos a los dicesiete, repetidamente se han metido, desoyendo consejos de todo el mundo, en la Base Aérea La Carlota para desafiar, pecho descubierto y si acaso con cohetones, a militares que tienen allí desde helicópteros hasta tanquetas y ningún remordimiento para disparar balas.

El sábado fue una constante verlos montarse en las rejas (en lo que queda de ellas) y lanzar cohetones hacia La Carlota, hasta que al final de la tarde comenzaron a entrar. Cuando la situación parecía desbordarse, Delsa Solórzano, un huracán de carácter, se bajó de la tarima y con un ejército de madres se fue a sacarlos de la base militar. “¡Los queremos vivos!”, rugió entonces la multitud. Fue un grito, una súplica, diríase un llamado desesperado, que recorrió la garganta de casi todos los asistentes, mientras en la reja, madres y abuelas hacían un esfuerzo tremendo por dialogar con ellos.

-A mí me dueles tú y me duelen todos –le decía una mujer a un encapuchado–. Estoy en la calle por ustedes. Y hay que pensar con la cabeza: una cosa es resistir y otra cosa es entregarse y que los fusilen como fusilaron a ese niño. Nosotros no queremos eso.

-Ustedes no saben lo que es querer estudiar y no poder –le respondía éste–. Yo hace 4 años tenía carro y moto. Ahora no tengo nada. Dejé los estudios por eso.

-Hijo, enfócate: lo que yo no quiero es que tú actúes desde la adrenalina. Nosotros no queremos que se entreguen como carne de cañón a nadie.

-No es como carne de cañón. Es para obtener la libertad. Nosotros queremos la libertad.

-¿De qué te sirve una libertad muerto? ¿De qué te sirve? Por favor. Que tu mamá no merece sufrir la pérdida de un hijo. Hay muchas maneras de obtener la libertad sin regalar la vida.

-Nosotros queremos nuestro futuro.

-¡Y nosotros queremos el de ustedes!

-Nosotros lo que queremos es que nos apoyen. Nosotros estamos aquí por ustedes y por nosotros. Por nuestro futuro.

-Y lo vamos a obtener, pero luchando en conjunto y pensando con la cabeza y no con las vísceras. Todos estamos luchando por ustedes. Yo creo en un país de jóvenes. Y por eso los queremos vivos: porque ustedes son los primeros que merecen ver el cambio en Venezuela. Ustedes son importantes. Habla con tus hermanos. Con todos esos muchachos tan valientes.

Y el muchacho habló. Y por un momento pareció que sí, que sus hermanos le iban a hacer caso. Pero al que a los diecisiete tiene una urgencia mesiánica, ni que le lloren las madres. Todo pasó de repente y se esparció como el gas lacrimógeno. En un instante la rabia (“con concentraciones no se logra nada”), el voluntarismo (“somos más que suficientes”), la antipolítica (“ya los dirigentes están pirando”), la descalificación (“son todos unos malditos ‘cagaos’”), el complejo (“es mentira: no le importamos a nadie, ahora se van todos y nos quedamos solos aquí”) y, nuevamente, la urgencia mesiánica (“si no los sacamos nosotros no los va a sacar nadie”) se mezclaron y volvieron a llevar a un grupo importante de muchachos para dentro de La Carlota mientras la gente comenzaba a subir. Al rato, entonces, la PNB y la GNB reprimieron a todos desde la autopista hasta Altamira.

II

El muchacho viste un sweater azul. Está a una cuadra de distancia del resto de los manifestantes. Se quedó rezagado sabrá Dios por qué motivo, y corre con todas sus fuerzas para alcanzar al grupo. Pero no hay nada que hacer: si subir la Sur Altamira entre gases es ya difícil, ganarle la subida a un escuadrón motorizado de PNB resulta imposible. En segundos las motos le llegan. Entonces, un agente pone el arma en horizontal. Es una escopeta o quizás un rifle. Del cañón sale una lengua de fuego, breve como un relámpago. En seguida (o puede que en paralelo) se escucha la detonación. El disparo es a quemarropa. El muchacho se retuerce contra la pared. Mientras las demás motos continúan subiendo, tres o cuatro (imposible precisarlo en ese momento) se detienen alrededor de él. Los policías se bajan, lo rodean y lo golpean. La escena es de una brutalidad inusitada. Aprovechan que no hay testigos (eso creen ellos) para desatar toda su irracionalidad. Después de golpearlo, lo jalan violentamente por el sweater. El muchacho parece un muñeco de goma. Lo montan en una moto y se lo llevan.

El grupo de paramédicos decide entonces detenerse y agacharse. La agresión ha sucedido a escasos veinte metros de ellos y están lógicamente aterrados. “¡Manos arriba, manos arriba!”, grita el cabecilla. No hay prácticamente mano alguna que no tiemble. Y se entiende. Son una isla en medio de un mar de policías motorizados. Están rodeados y a merced de ellos. En teoría, no les deberían hacer nada, pero en la práctica, si quisieran, podrían hacerlo perfectamente. Algunos, de hecho, pasan deteniéndose, escrutándolos con la mirada y apuntando con el arma. La palabra tensión no basta para describir lo que se siente. Luego siguen. Para ese momento, las detonaciones no han cesado. Pero ocurren dos cuadras más arriba, en la Francisco de Miranda, donde terminan de dispersar a los manifestantes.

Cuando finaliza el desfile de motos, los paramédicos se paran y comienzan a hacer su requisa: cuántos están y si se encuentran todos bien. Hay una herida de perdigón y otra asfixiada por bomba. Están empezando a curarlas cuando el ronroneo lejano de otras motos se escucha. Ahora son oficiales de la GNB. Nuevamente al piso y con las manos arriba. Otra vez el temblor en algunas. Las motos son recibidas con toda clase de maldiciones e insultos por parte de los vecinos. De las ventanas salen gritos, imprecaciones, y también objetos. Podría ser un florero, un plato o un vaso lo que arrojan de una de ellas. En todo caso es de vidrio y se quiebra en el suelo. Inmediatamente hay disparos contra el edificio y una nube de gas blanco lo cubre todo. Pasan otros minutos, largos, larguísimos, cuando se pueden volver a bajar las manos.

“Hay algunas conductas que no me gustaron”, dice el líder y comienza a enumerar, muy serio, cosas que no se deben hacer. “Están subiendo a pie”, lo interrumpen. Y la tensión vuelve a sentirse. A lejos se ve un grupo de gente caminando, que no terminan siendo policías sino periodistas y fotógrafos. Suspiros de alivio. Cuando está toda junta, la prensa es una fuerza poderosa. El último reducto de civilidad. Ante ella en bloque, GNB y PNB intentan guardar las formas, comportarse. No tanto por respeto (cuando agarran a uno o dos solos y mal parados no los perdonan) como por cálculo: treinta cámaras congelando e inmortalizando una agresión nunca será un buen plan. Por ello, al verlos pasar, los paramédicos se tranquilizan y avanzan.

De la nada, un manifestante corre hacia los periodistas y se mete entre ellos. A él no le disparan a quemarropa, sino que lo persiguen. El muchacho es hábil. Hace fintas, amaga, corre en una dirección y en un segundo se frena y se devuelve para la contraria. Solo le falta la bicicleta para ser Cristiano en el área chica. Se les escabulle a dos motos y se mete por Bello Campo. Allí sí disparan. Molestos y humillados, regresan con otro muchacho, víctima de esa mala fortuna de estar en el lugar incorrecto en el momento menos indicado. Y, quien sabe, si de tener diecisiete años y sentirse llamado a hacer él solo lo que debería una sociedad entera.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

#07J: Un titán que muere.

#19J: Deshonra en Altamira.

#22J: El día de la frustración.

DIAWEB (1)

El día de la frustración

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Una diputada que llora desesperada porque no sabe qué más hacer. Un hombre que cuenta que en su último cumpleaños sentó a sus hijos y les pidió entre lágrimas un solo regalo: que se fueran ya de Venezuela porque no le ve solución a la crisis. Un vigilante que sostiene en alto la tuerca que le dispararon yendo al trabajo y enseña una quemada por bomba lacrimógena en el brazo. Un anciano con la cara llena de Maalox que se pregunta cuándo en la vida él iba a pensar que a sus setenta y tantos le iba a tocar vivir algo así. Miles de manifestantes que otra vez no pudieron pasar de Chacaito y tuvieron que tragar litros de gas tóxico. Una fotoperiodista que es herida por una lacrimógena disparada a discreción. Dos muchachas bonitas que en la Plaza Altamira lamentan en voz alta que teniendo Venezuela tantos años les tocara ser jóvenes precisamente en estos. Una señora que lleva más de ochenta días sin trabajar, entregada a la lucha, y ahora se pregunta si hizo lo correcto o no. Un encapuchado que no entiende por qué si fueron los ‘pures’ los que trajeron esta desgracia al país, no están por lo menos acompañándolos a bajar al Distribuidor. Un niño de diez o menos años que jugaba a ser un héroe encapuchado y ahora llora porque cree que en un descuido le tomaron una foto donde se le vio la cara. Un diputado que en la mañana una bomba le quema el antebrazo y le fractura un dedo, y en la tarde solo recibe reproches. Unos encapuchados que no bajan a ‘guerrear’ porque son las 4 de la tarde y ni siquiera han desayunado. El Vicepresidente de un poder público, que se ha jugado la vida marchando y ahora recibe insultos. Una vida de 22 años que es cegada a mansalva. Esas son algunas de las estampas que dejó el día 83 de protesta, día de la frustración.

Como el San Antonio de Flaubert, los manifestantes están viviendo de una única certeza asediada por mil dudas. Que no se puede dejar la calle. Que si se enfría perderemos todo. Que esto es ahora o nunca. Eso lo dicen y repiten todos. Es el dogma, el artículo de fe invariable en todas las versiones del credo opositor. Pero inmediatamente, tras proclamarlo, comienzan las dudas. Con el paso de los días son menos las personas y más los muertos, menor la duración de las protestas y mayor la represión, más pequeño el entusiasmo y más grande el miedo; y aparece, entonces, lo de ayer: la frustración, que es prima cercana de otra palabra maldita llamada ‘desesperanza’, que desde los primeros siglos ya era tenida por pecado mortal y execrable.

Y el problema de la frustración es que lleva a un voluntarismo estéril. A falta de gente (de una cantidad importante, se entiende) la mañana en Altamira fue un desfile sin sentido de camiones secuestrados, que eran parados por ratos en las calles adyacentes de la Plaza Francia. Algo que en otro contexto podría tener su utilidad, pero como previa a una marcha no constituía sino un ejercicio inútil de fuerza, tal como lo fue la bajada a La Carlota. La represión de la movilización en Chacaito fue inmediata e inclemente: poner un pie en la plaza Brion y que aparecieran tres tanquetas, una ballena, decenas de motorizados y un centenar de bombas fue lo mismo. La PNB reprimió hasta Chacao y de allí se devolvió. La gente siguió entonces hasta Altamira y luego de un montón de debates y de lamentos decidió ir a La Carlota. ¿Por qué? Porque somos pocos, estamos bravos, nos reprimieron brutalmente, no vino casi gente, ya se fue la mitad, y tenemos que hacer algo. Es decir, porque sí.

Bajar a La Carlota habiendo con suerte quinientas personas fue una catarsis suicida. Una manera de drenar la frustración demostrando fuerza pero exponiéndose demasiado. Un hacerse matar. Con los chamos no había prácticamente nadie. La vista que se tenía de la Avenida Sur Altamira era la de una calle desierta, en la que apenas ondeaba alguna bandera de paramédicos, pero por la que no caminaba nadie. La vista que se tenía del Distribuidor era la de un montoncito de gente que desde arriba asistía al espectáculo triste de unos niños valientes que hacían piruetas para sortear las municiones que unos militares, protegidos por una reja, disparaban desde adentro. Reto, desafío, acción valiente, heroica, tenaz. Póngansele esos y otros adjetivos, y claro que lo merecerán. Pero no se le quite nunca el de insensatez, que es lo que más duele en la muerte de David: la sensación de que se pudo evitar.

¿Cómo?

Entendiendo que el arte de la guerra está en saber escoger bien qué batallas librar. Y la de ayer en La Carlota, con poca gente y sin ningún objetivo, fue absolutamente innecesaria.

¿Para qué te expusiste, niño valiente, si de arriba no había quien te acompañara? ¿Por qué les ofrendaste tan fácil ese corazón noble y generoso a unos asesinos despreciables y viles?

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

#07J: Un titán que muere.

-#19J: Deshonra en Altamira